Desde Lupín hasta la figura del Nestornauta, Juan Sasturain repasa los apodos y las comparaciones que se hicieron con la imágen del Presidente de la Nación fallecido hace un año. No es infrecuente que un hombre público tenga un apodo permanente o apenas circunstancial, generado por la comparación –en la apariencia, e incluso en algún dato más sutil– con algún personaje de los medios masivos tan público como él, o más. No suele ser una referencia elogiosa. Sin bajarnos de la Primera magistratura, a algún usurpador hijo de puta lo compararon sigilosamente con la Pantera Rosa,(Videla) a cierto penoso desgraciado y desgraciadamente le decían Pan Triste, y a otros les han dicho (literalmente) de todo sin poder agotar el repertorio de apodos o personajes más o menos infamantes. No es el caso de Néstor Kirchner. O mejor: lo es en exceso. Quiero decir: Kirchner no sólo ha tenido apodo/sobrenombre de personaje habitual sino que ha tenido más de uno y pareciera que –por alguna rara cualidad o circunstancia su figura tiende a generar, en todos los sentidos, cierto tipo de asociaciones gráficas que seguramente no son casuales. Así, en primer lugar, Kirchner ha sido largamente Lúpin (o Lupín, como solían decir los pibes), el maravilloso personaje de historieta creado por Guillermo Guerrero en los sesenta a la medida de sus sueños, y a su propia imagen y semejanza. El minúsculo piloto del biplano más bonito y que más horas de vuelo tiene en toda la historia de la historieta argentina proveyó el perfil y los ojos saltones para la comparación. La deformación Lupo –no demasiado amistosa– reconoce el mismo origen pero desvía la etimología hacia el campo semántico de la visión y los / las lentes. Y, recordemos, el Lúpin del glorioso Guerrero es la versión castellanizada y simple de looping, ese arriesgado rulo acrobático. Le cerraba por todos lados al osado narigón.
El segundo apodo estable fue y es el Pingüino, un sobrenombre que –seamos serios: no mistifiquemos– designa más a una clase que a un individuo. Impuesto o autoimpuesto por la latitud de origen y pertenencia –la pingüinera de Santa Cruz–, el Pingüino no deja de ser, inevitablemente, por añadidura y sin contradicción, un nuevo personaje de historieta: el pertinaz enemigo de Batman que alguno de los múltiples guionistas contiguos a Bob Kane –más precisamente Bill Finger– inventó hacia 1941. Pero es claro que ni Burgess Meredith en la tele ni el patético y memorable De Vito en la de Tim Burton tienen nada que ver con Néstor, otro Pingüino, sin frac, con impresentable saco cruzado.
Y el personaje final, la imagen última con que se fue investido Kirchner al dar las hurras hace un año, no pudieron ser más emblemáticos. Que los jóvenes militantes y jóvenes lectores lo hayan enfundado en la pilcha precaria y desafiante con que el osado y aterrado Juan Salvo sale a la intemperie y a la Historia, sin dejar por eso de mirar atrás y a la ventana de casa es, por lo menos, sintomático. El cruce de su figura con todo lo que connota hoy el personaje de Oesterheld y Solano López –paradigma del hombre solidario con sus iguales en una lucha que les da sentido a sus vidas– revela que algo que no es poco ha cambiado en la cultura de este país.
El de El Eternauta es un traje que a pocos les queda justo. Para ponerse o –mejor– para que te pongan esa pilcha, ese apodo, tenés que estar preparado o estar dispuesto a seguirla hasta el final, que será nunca.
Juan Sasturain
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