BOLETÍN ARGENTINO

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Domingo, 5 de febrero de 2012

El fútbol argentino se llena de extranjeros

En la excitación por el comienzo del Clausura, un debut pasó inadvertido: Michael Hoyos, un chico de padres argentinos que nació en Manhattan hace 19 años, jugó por primera vez en nuestro fútbol. Fue el viernes, en Estudiantes 3-Arsenal 0, y es el segundo estadounidense en 79 años de profesionalismo argentino (el primero fue Renato Corsi, un espigado volante de Argentinos e Instituto en la década del 80). La curiosidad de Hoyos, que en el verano le había hecho un gol a Boca, permite un repaso por las nacionalidades más excéntricas que pasaron por aquí. ¿O acaso usted recuerda que hemos visto a jugadores de Japón, Malawi y Zambia?
Ahora mismo, River tiene en Cuarta División a un chico de Camerún (Manny Essomba) y otro de El Salvador (Jaime Alas). En Primera B, Chicago acaba de contratar a Félix Orode, el nigeriano que el año pasado jugó en San Lorenzo. Ya en el subsuelo del Ascenso, el congoleño Occupé Bayenga aprovechó que su tío es el embajador de su país en la Argentina y hace goles para Cañuelas, en la D. Hay, además, otros dos cameruneses en Cruz del Sur de Bariloche: Assam Ghislain y Romeo Kedengah. Otro país sin muchos representantes en nuestro fútbol es el golpeado Haití, que ahora tiene a Judelín Aveska en Independiente Rivadavia de Mendoza. Y no es tan común tampoco el caso de Iván Moreno y Fabianesi, que acaba de volver de Colón: el hombre es español.

En el pasado sobran peculiaridades. Boca sumó varias en los últimos años: Alphonse Tchami, de Camerún, fue el africano más exitoso aquí, mientras que Nahoiro Takahara estrenó el mercado argentino para los japoneses, pero la pasó mal. Aunque, en realidad, un compatriota suyo, Kijima Ryosuke, ya había jugado en Defensores unos años antes. En Núñez, el primer japonés es aún recordado por dos cosas: 1) en un partido quiso pegarle al arco y mandó la pelota a Avenida del Libertador; 2) la única palabra que aprendió en castellano era “teléfono”, que, por supuesto, la usaba para intentar conquistar a chicas. Volviendo a Boca, hubo un tiempo en que el club se convirtió en un reality show para geografías sin tradición en la Argentina: el húngaro Robert Waltner y el kelper Melvin Clarke jugaron en inferiores, aunque sin haber llegado a Primera. Y en 1995 se probó un georgiano, Kinkladze, que luego no quedó.

En los últimos años, además, llegaron varios africanos. El más conocido fue el ugandés Ibrahim Sekagya, de buen nivel en Rafaela, Ferro y Arsenal. Con menos suceso pasaron el Doctor Khumalo (de Sudáfrica, en Ferro), Tobi Mimboe (Camerún, San Lorenzo), Ernest Mtawalli (Malawi, Newell’s), Nii Lamptey (Ghana, Unión) y David Chabala (Zambia, Argentinos). En los 80 brilló en Temperley y Estudiantes Adriano Custodio Méndez, que nació en la isla de Cabo Verde, hoy un país independiente, pero entonces colonia de Portugal.

Otras rarezas en las últimas décadas llegaron desde Centroamérica: el guatemalteco Claudio Rojas (River), el hondureño Eduardo Bennet (San Lorenzo), el costarricense Wanchope (Central) y el panameño Dely Valdez (Argentinos). Y desde Europa, el búlgaro Velko Iotov, de Newell’s. A propósito de ese continente y el club rosarino: los únicos tres escoceses que jugaron aquí lo hicieron para la Lepra. Pero eso sucedió en 1948: la historia de lugares lejanos o extraños viene de hace rato.