BOLETÍN ARGENTINO

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Lunes, 21 de mayo de 2012

César Torres, filósofo de la Universidad de Pennsykvania, habla de su libro "Gol de media cancha"

Como cualquier otra práctica social, el deporte puede analizarse desde la filosofía. No pensar filosóficamente el deporte es claudicar frente a la aspiración de lograr el mejor deporte posible.”
El personaje que habla es de lo más extraño. Un tipo poco común. César Torres, doctor en Filosofía y Deporte de la Universidad de Pennsylvania, se encuentra en la Argentina presentando su libro "Gol de media cancha". Conversaciones para disfrutar el deporte plenamente, en el que reflexiona sobre algunos de los temas tabúes del fútbol argentino que van desde el sentido de la competencia hasta lo natural que se volvió la trampa en el deporte. Pero eso es sólo a simple vista. De manera profunda se descubre que en las páginas del libro el autor hace una fortísima declaración de amor hacia el deporte. Tan grande que lo lleva a un análisis mucho más que punzante de algunas de las prácticas que se visualizan constantemente en las actitudes de un número 10 o en los comentarios de un hincha que se pone de pie en un estadio para alentar a su equipo. Una que lo transforma en una cita obligatoria para aquellos que quieran entender todo lo que significa hacer un gol.

–¿Cuál es la razón por la que una persona se dispone a hacer esta actividad?
–El deporte es una especie de juego: un espacio para lograr un determinado objetivo con reglas. Pero no es lo mismo. Lo que tiene de especial es que esas reglas y esos medios para lograr el objetivo establecen que se debe resolver utilizando primariamente habilidades físicas. El deporte, en sí, es una forma –como el arte– de encaminarnos hacia la excelencia, en ser lo mejor que podemos ser. Nos permite encontrarnos en la vida, humanizarnos. El propio sentido del deporte es lo que le da razones a hacer uso de esa práctica.

–Cuando algún entrenador de fútbol pide que sus jugadores sean como guerreros, ¿cambia la concepción del deporte?
–A mí me parece poco oportuno hablar de guerra. Si bien en la competencia deportiva los que juegan se cruzan, cuando uno se detiene a pensar, descubre que es mucho más lo que une a los contrincantes que lo que los separa. De hecho, comparten un juego al que deberían honrar. En una competencia seria, los que participan se unen en la búsqueda de la excelencia. Hablar de guerra en el deporte establece un patrón discursivo que no facilita la percepción de esto como una actividad reglada en la que yo juego con otro del que soy éticamente responsable. En ese plano, yo creo que hay que buscar discursos alternativos en el cual ganar y perder es importante, pero no es necesariamente el camino a la excelencia.

–¿Pero por qué aparecen esos discursos?

–Las condiciones sociales son muchas y son complejas. Me parece que la asfixia por la derrota, por lo inmediato y la falta de reflexión sobre la práctica deportiva encabezan las causas.

–Mencionás a la derrota como uno de los factores, ¿el sentido propio del deporte puede exceder a la competencia?
–Según mi visión, el deporte es inherente a la competencia. El juego dispone un problema artificial para resolver, y luego, en un paso posterior, está la competencia, que permite, simplemente, medir de mejor manera la excelencia, porque sin el otro el logro es más difícil. Uno debería querer que los rivales estén en la mejor forma y no desear que el rival tenga un jugador lesionado. Pero no siempre sucede eso y existen los que el periodista Juan Sasturain define como resultadistas, que son los mismos que definen al deporte como una guerra, que accionan contrariamente hacia el sentido del deporte. Son personas que minan la propia práctica, tipos que buscan que esto sea menos atractivo.

–¿La patria futbolera argentina, está más cerca del paradigma resultadista o del que busca la excelencia del deporte?

–Cuando uno tiene la posibilidad de hablar con hinchas del fútbol, descubre que el resultadismo tiene un peso importante pero que no es sólo lo que importa. El buen juego sigue interesando. Me parece, por ejemplo, que en la actualidad hay un reconocimiento al Barcelona, que activa un sistema de juego que eleva al fútbol en su mejor interpretación, que marca que la tendencia es hacia la excelencia. A su vez, veo que hay una crítica importante al mal nivel que tiene el fútbol argentino. No es algo que se pasa por alto.

–Uno de los temas que vos mencionas en el libro es el de la trampa, ¿cuánto incide en la concepción del deporte la aceptación de prácticas como esas?

–Sin desconocer que hay arreglos poco claros, bastante turbios, me parece que en la resolución de la última fecha del torneo hubo una clara demostración de que no todo es tan negativo como se cree que es. El problema de la trampa es que cuando se ejecuta no se piensa en que se rompe el proceso de imparcialidad que rige a este deporte. Se utiliza al rival simplemente como objetivo propio: se lo deshumaniza. Eso contradice a la propia práctica. Los futbolistas y los entrenadores que celebran la trampa no respetan al fútbol. La trampa no tiene ningún tipo de sentido. Lo que se está haciendo es menospreciar la práctica de la cual uno se dice devoto.

–Esta semana se cumplieron 25 años de los dos goles de Diego Maradona a Inglaterra en el ’86. ¿Cuánto incide en la existencia de la trampa que haya existido ese gol con la mano?
–Ese partido habla de la contradicción más grande de la patria futbolera argentina. Por un lado, se honra un gol que va por encima de la excelencia, que es el segundo. Una jugada que redefine la propia práctica del deporte. Y, al mismo tiempo, se celebra un gol que contradice esa excelencia. El primer gol es condenable, está mal. Pero es una situación difícil, es un tema a develar.

 


Ezequiel Scher