Escribe un importante crítico teatral catalán. Si visitan Buenos Aires, no busquen el número 348 de la calle Corrientes. Sólo existe en el famoso tango. Lo que sí encontrarán en la porteña avenida es un gran número de teatros con una notable diversidad de espectáculos: desde la revista de ayer, de hoy y de siempre en Maipó (“si no es en Maipó, no es revista”, dice la publicidad), a la revisión
de la obra de Neil LaBute Gorda, que triunfó en la Villarroel esta temporada y que en Argentina ha dirigido Daniel Veronese, uno de los más interesantes puestistas del momento. O la última de Eduardo Pavlovsky (nada que ver con nuestro Ángel, sino el de Podestá) Sólo Brumas. Realmente, sorprende el compromiso profesional y social de este gran actor que en esta obra se inspira en un “matadero” de niños descubierto en Sudamérica donde se sacrificaba a los neonatos de poco
peso. El actor se acerca a la estética del absurdo para mostrar a tres habitantes del luctuoso lugar en una feroz y valiente crítica a la vileza humana especialmente en Argentina, pero de resonancias internacionales.
Buenos Aires presume de ser capital teatral. Y lo es porque su amplísima programación puede competir con la de otras ciudades como Londres o Nueva York.
Más aún con esta última, donde Broadway sólo hay uno, pero off Broadway hay muchos. Las salas alternativas porteñas.
En la capital porteña el teatro no necesita grandes escenarios porque parece surgir de una urgencia vital. La mayor parte de las propuestas que pueden encontrarse en la cartelera los fines de semana (viernes a domingo, el resto de la semana es parco en teatro) se exhiben en pequeñas salas de entre sesenta y cien espectadores donde además pueden programarse, y se programan, distintas obras el mismo día. Un teatro, al fin, basado en los actores y en la palabra, donde los recursos escenográficos y lumínicos se reducen al mínimo.
De ahí que los porteños presuman de tener doscientas funciones que ver.
Dieciocho actores y 60 espectadores. Tal es el caso del Espacio LaKafka, que dirige uno de los históricos del teatro independiente y actual director del Festival Internacional de Teatro de Buenos Aires, Rubén Szuchmacher.
Un galpón (almacén) en la calle Lambaré 866 donde el director ha estrenado Los hijos del sol, una revisión entre jocosa y grotesca de la obra de Maximo Gorkil en la que luce la palabra en un espacio escénico apenas amueblado con dos mesas y algunas sillas y con un reparto de 18 intérpretes. Sí, 18 intérpretes en una sala con 60 sillas. Un lujo sólo posible porque en Argentina los actores jóvenes por un lado y los veteranos por otro, que pueden estar trabajando en el teatro comercial al mismo tiempo, demuestran con creces su amor al teatro en estas salas. Dentro de unos días, este espacio acogerá Umbral, la obra de Paco Zarzoso que se estrenó en el Tantarantana de Barcelona en julio.
La casa teatro de Inés. No todo son galpones. La necesidad agudiza el ingenio. Una casa privada. Una vivienda, efectivamente, donde la actriz y directora Inés Saavedra ha montado una obra de teatro, Revolución de un mundo.
Las casas teatro han sido un fenómeno amplio en Buenos Aires que la municipalidad ha tenido que regular, más o menos. La Maravillosa, que así se llama la casa teatro, exhibe una sátira de la burguesía, de los nuevos ricos argentinos que escuchan canciones en inglés. La cita, en Medrano 1360. Una puerta de aire inglés en una fachada de ladrillo visto. Llegamos pronto, y el compañero de Inés, actor también, nos acompaña a una cafetería. Se duele porque trabaja en el teatro comercial. Así son. Ya en hora, recibe un relaciones públicas, y la copa de cava se sirve antes de la función acompañada con aperitivos fashion de cocina deconstruida.
Ya en salón, una grada para cuarenta personas, y siete intérpretes que dan vida a la “puesta de largo” (en Argentina, las chicas siguen celebrando su entrada al mundo adulto al cumplir los 15 años) de una adolescente que, ante la situación familiar, grita: “Quiero ser boliviana”. Como es habitual en esta ciudad, la interpretación –en un espacio central de unos cuatro metros de largo por dos de ancho, pero muy bien ambientado– es buena, aunque a la obra le falte un final menos huracanado que el ideado por ahora.
De todas formas, es una sesión previa al estreno. Y la obra, si todo va bien, estará en cartel dos días a la semana durante muchos meses. El galpón de Veronese. Cabrera 4871. Timbre C. Al final del pasaje, una puerta y, dentro, el estudio teatro de Daniel Veronese. El director, de quien hemos podido disfrutar últimamente sus versiones sobre Las tres hermanas y Oncle Vania, presenta en este espacio (apenas 70 metros cuadrados para la función) Teatro para pájaros, una divertida y burlona mirada al mundo del teatro y sus actores.
Un teatro realista de proximidad (tengo a la actriz echada en una cama a menos de sesenta centímetros) y lenguaje coloquial que convierte al espectador en un voyeur de lujo entrometido en la vida de tres parejas dedicadas al teatro. Veronese (que tiene en cartel otras dos obras en otros teatros) demuestra otra vez su ingenio y su mano para la dirección de actores. Por cierto, a uno de los actores que participa lo habíamos visto en casa de Inés. Si le coincide un día, simplemente va
en taxi de uno a otro teatro. Deprisa, deprisa.
Teatro comunitario. Si hay algo específico del teatro en Buenos Aires es el teatro comunitario. Un teatro dirigido a mejorar la convivencia y a lograr la cohesión social de vecindarios de barrios periféricos pauperizados. Catalinas Sur, en la Boca, es el más conocido y estuvo en Barcelona con Fulgor argentino hace cuatro años en el Grec. El circuito cultural Barracas es otro grupo de un movimiento que, asegura Ricardo Talento, alma del invento, agrupa ya a una cuarentena
en toda Argentina. Trescientos asociados y una labor común: el teatro como herramienta de inclusión social, de mejora humana.
El casamiento de Anita y Mirko es un espectáculo festivo creado a raíz de la crisis de 1995. Es parecido a una intervención de La Cubana, pero en amateur. No importa la exquisitez sino la participación, la entrega. Una vecina ya entrada en años, pequeña y con gafas, que vive delante se interesó por “esa cosa” que había delante de su casa. En contra de la opinión de sus amigas, atravesó la calle. Y ahora actúa. Feliz. No importan las edades, los rasgos físicos ni siquiera las minusvalías.
Un espacio abierto de comunión artística. Congreso de la crítica. Entre tanto teatro y estando en Argentina, donde siempre hay que preguntarse el porqué, no se puede obviar el Cicrit, un encuentro itinerante de la crítica iberoamericana
organizado por el Muererio Teatro con la colaboración el Centro de Cultura de España, que durante seis días reunió a profesionales de España, Cuba, Argentina y Ecuador. Un intercambio de ideas, vivencias y un lugar común: la crítica sometida a la dictadura del espacio y los formatos. Aún más –se lamentaba Carlos Pacheco, del diario La Nación–, al martillo pilón de las estrellitas o bueno, regular y malo, “una fórmula como para que la gente no tenga que leer”. La reflexión crítica, acosada en la prensa escrita, buscando su legitimación y alternativas en la red.
La capital argentina compite con las grandes ciudades del mundo con una oferta de más de 200 funciones semanales.
Santiago Fondevilla
