BOLETÍN ARGENTINO

Primer Boletín de Noticias de los Argentinos en el mundo - Director: Osvaldo Parrondo - Contacto: oparrondo@boletinargentino.com

Lunes, 21 de mayo de 2012

Paciencia y años . Por Enrique Pinti

De pequeño no tenía paciencia, el mundo era un enorme y fascinante misterio lleno de incógnitas y preguntas sin respuestas claras. Era la década del 40 y los niños ignorábamos cómo veníamos al mundo y al confrontar teorías con compañeritos de escuela se llegaba a conclusiones que iban del repollo y la semillita que plantó papá a la cigüeña que venía desde París desafiando vientos y tormentas. La impaciencia por saber la verdad era lo que identificaba nuestra infancia. ¿Por qué esto? ¿Por qué lo otro? Y la frase irritante de los mayores era: Sos muy chico todavía.
Los años 50 trajeron la pubertad con sus cambios de voz, de altura, de sensaciones preadolescentes, urgencias sexuales y mutaciones de carácter violentas y opuestas, frío y calor, arrebatos y depresiones, euforias y decepciones. Y allí estaban los adultos rompiendo los quinotos: ¿Qué querés hacer? ¿Qué carrera vas a elegir? ¡Acá el que no estudia tiene que trabajar! ¡Y el que no trabaja no come, así que decidite! Esta vez ellos eran los impacientes. Los 60 trajeron la juventud, las revueltas sociales, el pelo largo, el secundario lleno de materias horribles que había que estudiar aún sabiendo que no nos iban a ser de ninguna utilidad, porque ya habíamos elegido nuestro camino y, en mi caso, ese camino era el arte, el teatro, el cine y la literatura. ¿Qué significaban en ese derrotero los logaritmos, las raíces cuadradas, la química, la física y la contabilidad? ¡Nada! Sólo tedio y vacaciones arruinadas por profesoras particulares que nos preparaban para los exámenes de marzo.

Espantosos recuerdos acuden a mi mente al evocar esas tardes de enero y febrero de calor agobiante, pisando el cemento ardiente de calles y avenidas que conducían a la casa de la maestra, aburrida de desasnar burros aplazados en interminables lecciones llenas de problemas, fórmulas y cálculos.

Los años 70 fueron la madurez rebelde, el horror subterráneo de libertades reprimidas que iban del corte de pelo a las opiniones políticas, pasando por las conductas sexuales, las películas que no nos dejaban ver, los libros prohibidos y los exilios externos e internos. El miedo, la bronca contenida, verdaderas pruebas de fuego para la paciencia y el aguante. La frustración de estar en la plenitud de la vida y no poder ser quien uno quería ser.

Los años 80 trajeron democracia, replanteos, éxitos y reconocimientos, coraje para admitir culpas y omisiones, desorden, polémicas y, sobre todo, la búsqueda de un equilibrio entre lo bueno y lo malo, los famosos balances, tan necesarios para tener una mediana salud mental. Tener libertad para elegir es un trabajo diario y a veces extenuante, pero siempre preferible a los que están esclavos de la ignorancia y la falta de inclusión social; para ellos la libertad no es más que una palabra vacía de contenido.

En los años 90 ejercí la paciencia más estricta al ver cómo se inflaba un globo de seudoprosperidad sobre dibujos, fábricas cerradas, ferrocarriles abandonados y un empobrecimiento paulatino con ritmo de fiesta primermundista. Era inútil advertir, razonar y prevenir.

Ni teniendo sesenta venerables años era uno merecedor de un mínimo crédito. Y llegó el 2000 y su primera década, y la paciencia va disminuyendo. ¡Qué viejo estoy! Aquella actitud de curiosidad, rebeldía racional y domesticación prudente decrece en forma proporcional al aumento de edad. Ya no aguanto estupideces, o lo que para mí son estupideces. No me creo nada que no quiera creer, no me caso con nadie; a lo sumo puedo tener alguna que otra calentura, entusiasmos sin tirar cohetes, ganas enormes de vivir y valorizar lo que más me importa: la amistad, la solidaridad, la verdad del presente que no olvida el pasado y proyecta un futuro.

Atento y vigilante, viviendo el tránsito a los ochenta con menos paciencia, pero con la misma curiosidad de aquel niño que preguntaba ¿Por qué esto? o ¿Por qué lo otro? Ya encontraré las respuestas.