LA MASCOTA DE LA ARGENTINA: Los grandes historietistas suelen caminar de la mano de grandes personajes. Y el Negro Caloi no fue la excepción. De su baúl creativo salió nada menos que Clemente, animalito de indescifrable ADN (puede que sea un pájaro, puede que no) cuya relevancia entre los mayores personajes de la historieta argentina sólo puede ser comparada con la de Mafalda. La diferencia con la muchachita de Quino es que ella atravesó fronteras y se convirtió en una celebrity global, mientras que a Clemente se le reservó el altar de ídolo local –de nosotros y para nosotros–, quizás debido a su decir y su reflexionar tan costumbrista, tan profundamente argentino.
CLEMENTE
TESTAMENTO DE ATAHUALPA
A veces me pareciera intuir que, como ya dijo Ortega para el hombre, también las cosas tienen su circunstancia. La capataza, ese libro de Atahualpa Yupanqui publicado en 1992, me llegó casi al mismo tiempo que la noticia de su muerte (ocurrida en Nimes, al sur de Francia, ese 23 de mayo) y, sin embargo, entre el auténtico dolor por semejante pérdida y las habituales efusiones de rigor que prodigaron los medios –en este caso, harto merecidas–, me sorprendí con la alegría de reencontrarlo, vivo, en esas páginas. Que eran una cabal reafirmación de su lirismo pero que, editadas apenas un mes antes de su partida, se volvían sin duda un testamento.
Bajo la clara metáfora del título, esa “luna del cielo” a la que nombra, tan sugestivamente, “capataza / de todo lo que amo y lo que dejo”, ese libro reúne textos y poemas de toda una vida tan íntimamente rica como generosamente prodigada. No por casualidad tuvo el orgullo y el honor, bien limpios, de lograr ser escuchado –aún fuera del país– sin desdeñar su hombría de bien, su dignidad de artista, creando con su sola presencia un aura de respeto leal y de calor humano, donde se recreó el antiguo diálogo del hombre con la voz y su música, con la verdad y su misterio.
MAFALDA
Una argentina universal, que en estos días cumplió 50 años. Sus andanzas de historieta fueron traducidas a 17 idiomas. Rebelde, humanista, pacifista, tenía siempre la pregunta justa para incomodar a los adultos. La primera vez que dijo “papá” no balbuceó “pa-pa” como cualquier niño. Se despachó con una inquietud que anticipaba su carácter: –¿Vos sos un buen papá? ¿Pero sos el más, más bueno de todos, todos los papás del mundo? El que balbuceó fue el padre, quien pronto se acostumbraría a prevenir: “¡Sonamos! ¡Tus preguntas traen problemas! ¡Ya las conozco!”. Así sería siempre, “una niña capaz de atar cabos invisibles; alguien con malicia suficiente como para sembrar el pánico con una pregunta que a primera vista parece inocente; alguien que abrigue severas sospechas sobre la perversidad de este planeta y la mísera condición humana; alguien que riegue a su paso la duda y la inseguridad” de los adultos, según definió el escritor y periodista colombiano Daniel Samper Pizano. Y con esa fama trascendió fronteras: Mafalda es una argentina universal, como Evita.
ALMAFUERTE
El poeta y educador que nunca se dio por vencido ni aun vencido. Se lo conoce más por su pseudónimo que por su nombre verdadero, Pedro Bonifacio Palacios. Pintor frustrado, periodista, maestro rural y crítico de la corrupción política de su tiempo, su obra poética no integra el canon literario. Hijo irreverente, bastardo y original de la generación del ’80; poeta profético, profuso y volcánico; maestro rural y guía entrañable de niños y jóvenes. Hombre solitario, reacio a las convenciones edulcoradas de los adultos. Se concibió a si mismo como un misionero cultural a la usanza del primer cristianismo e hizo de su obra un espejo de su propia vida atravesada por una moral práctica inquebrantable. Pintor frustrado, periodista, crítico de la corrupción que atravesaba a los políticos conservadores de su tiempo, admirador luego desencantado de Domingo Faustino Sarmiento, nombre fundamental de una raíz del pensamiento argentino nacida entre la profundidad de la llanura bonaerense y los suburbios de la orgullosa capital.
MERCEDES SOSA
SE CUMPLEN TREINTA AÑOS DE LOS MITICOS RECITALES DE MERCEDES SOSA EN EL OPERA. Los shows que la cantante dio desde el 18 de febrero de 1982 fueron trece, en sólo once días. Dos testigos directos, el productor Daniel Grinbank y el músico José Luis Castiñeira de Dios, evocan cómo fue el regreso de la Negra luego de su exilio. Eran días especiales, turbulentos, pero de creciente esperanza. A principios de 1982, la dictadura estaba a punto de suicidarse con la aventura de Malvinas. En rigor, ya venía desgastada. El malestar por la situación económica, la falta de libertad de expresión y el doloroso saldo de la represión ilegal habían hecho combustión en el humor popular, con síntomas como la formación de la Multipartidaria opositora o el primer acto masivo de la CGT. En ese contexto sociopolítico se produjo el regreso a los escenarios argentinos de Mercedes Sosa, luego de tres años de exilio y varios más de una proscripción que se remontaba a la época de la Triple A.
Entre el 18 y el 28 de febrero de aquel año, la prodigiosa cantante dio un total de trece recitales a sala llena en el Teatro Opera de Buenos Aires. Según evoca Daniel Grinbank, productor de aquellos shows, Mercedes fue recibida la primera noche con una lluvia de claveles rojos. “Estábamos todos con un nudo en la garganta, incluida ella, pero arrancó muy bien con ‘Los hermanos’, la milonga de Atahualpa Yupanqui. Cuando la terminó, cantando ‘y una hermana muy hermosa / que se llama libertad’, el teatro estalló en una ovación impresionante.” Por su parte, el director musical y arreglador del ciclo, José Luis Castiñeira de Dios, agrega: “Los primeros once recitales fueron de mucho fervor y emoción, pero relativamente tranquilos. En los últimos dos, el público directamente se quedó en la calle manifestándose un buen rato después del show”. Para Grinbank, “la gente salía muy motivada y exaltada, pero ya llegaba así por lo que representaba la Negra”. “Estuvimos once días, pero podríamos haber seguido llenando durante un mes entero”, completa.
Para Mercedes también fueron jornadas cargadas de emoción por varios motivos. “Hacía como un año y medio que no actuaba; su último disco lo había grabado en Francia y venía de afrontar mucha tristeza, no sólo por el golpe, la proscripción y el exilio sino también por las recientes muertes de su segundo esposo y de su guitarrista, Pepete Bértiz”, recuerda Castiñeira de Dios, hoy director nacional de Artes de la Secretaría de Cultura de la Nación.
“Ella priorizó lo artístico –asegura Grinbank–. Demostró el profesionalismo absoluto que la caracterizaba. Para cuidar la voz hablaba muy poco antes y después de cada show y, además de ensayar con todos, se tomó el trabajo de ensayar antes por separado con cada uno de los músicos con los que iba a actuar por primera vez. En todo momento se movió con una concepción muy clara de lo que quería hacer, que era brindar buenos shows.” Y vaya si lo hizo. Como documento para la posteridad, quedó un LP doble titulado Mercedes Sosa en Argentina, editado por Philips y producido por el propio Grinbank. Desde sus surcos, la Negra conmueve con versiones en vivo, personales, siempre hondas, de canciones diversas, que van de lo estrictamente folklórico a piezas de la (entonces) nueva trova cubana, pasando por “Sólo le pido a Dios”, de León Gieco, y el tango “Los mareados”.
Otro rasgo distintivo de aquellos recitales fue la cantidad y calidad de los artistas invitados. Porque al grupo estable compuesto por Omar Espinoza en guitarra y charango, Castiñeira de Dios en guitarra y bajo, y Domingo Cura en percusión, se sumaban en diferentes pasajes Antonio Tarragó Ros, Ariel Ramírez, Raúl Barboza, León Gieco, Rodolfo Mederos y Charly García, entre otros. “Mercedes siempre mostró una apertura mental muy grande. Durante su exilio, recuerdo haber entrado a su casa de Madrid y encontrarla escuchando a Stevie Wonder, por ejemplo. Fue justamente a principios de los ’80 cuando ella empezó a tener un fuerte acercamiento al rock argentino. Y con los recitales del Opera fue que empezó su relación artística con Charly”, contextualiza Grinbank.
En su evaluación general del ciclo, Castiñeira de Dios aporta una observación sociológica: “En ese regreso, Mercedes recuperó un público que traía de los años ’70 y sumó uno nuevo que prácticamente no la conocía. Eso pudimos confirmarlo al año siguiente, durante una larguísima gira nacional en la que la Negra convocó a mucha gente joven, en ceremonias que tenían mucho de acto cívico y libertario”. Para Grinbank, las trece funciones a sala llena significaron “un hito para la cultura popular argentina, no sólo en lo artístico sino también en lo social y en lo político, porque Mercedes representaba la resistencia a la dictadura”. “A lo largo de las últimas décadas produje muchos eventos importantes, pero siento que esa vuelta de la Negra está en el podio de todo lo que hice.”
Aquella serie de recitales históricos volverá a ser evocada por Grinbank en una charla que compartirá el sábado 18 a las 17 con el periodista Carlos Polimeni en la Casa Nacional del Bicentenario (Riobamba 985), donde este mes se ofrecen además otras charlas, recitales y una exposición en homenaje a Mercedes Sosa.
Carlos Bevilacqua
EL FLACO SPINETTA
El poeta del rock argentino. Si hubiera que contar la historia de Luis Alberto Spinetta de atrás para adelante, uno de sus capítulos finales ayudaría a comprender su dimensión única. La monumental celebración de sus cuatro décadas con la música, que tuvo lugar el 4 de diciembre de 2009 en el estadio de Vélez, se presentó como la noche de Las Bandas Eternas. Y, en orden inverso a su aparición temporal, por el escenario desfilaron las formaciones de Los Socios del Desierto, Spinetta Jade, Invisible, Pescado Rabioso y Almendra.
Fue un virtual viaje a los orígenes de uno de los principales íconos del rock cantado en castellano. Un boleto a la eternidad. Los 40 mil presentes en aquella noche memorable, sumados a todos los fue accedieron a sus postales más preciadas vía DVD, hoy la pueden evocar como el desenlace perfecto de la biopic en tiempo real de una figura central de la música argentina. Respetado y admirado por sus pares y sus seguidores incondicionales, Spinetta alcanzaba por fin un verdadero y merecidísimo reconocimiento popular. Cincuenta canciones, cinco horas y una interminable lista de figuras invitadas (Charly García, Gustavo Cerati, Fito Páez, etcétera) se erigieron en el nervio motriz de un recital tan impensado como extraordinario. Casi un acto de justicia poética, para coronar la trayectoria vital y artística de un hombre capaz de conmover hasta las fibras más íntimas de su público con su enorme caudal musical y sus letras refinadas, inspiradas, elaboradas, sutiles y voladoras.
MABEL MANZOTTI
Murió una actriz que sabía cómo afirmarse en el oficio cuando el trabajo escaseaba o no hallaba obras que la atrajeran. Y fue consecuente con esa actitud, porque hasta enfermar –por un accidente cerebro vascular que padeció desde comienzos de 2011 y le quitó movilidad– recorrió salas y auditorios del país con su unipersonal Más vale tarde que nunca, título originado en un dicho cuyo significado, lapidario o esperanzador, surge de cómo y cuándo se lo utilice. Internada en la clínica La Providencia, falleció a causa de ese ACV que la alejó de la vida artística. Gran parte de su actividad transcurrió en el teatro, donde se inició en 1959, integrando el elenco de El farsante más grande del mundo, pieza de John Synge que protagonizaron Alfredo Alcón y Osvaldo Bonet; e incursionó también en el cine y la televisión, en papeles de muy diferente género. Se menciona su participación como vedette en espectáculos del Teatro Maipo, y la composición de un personaje popular, Bochita, en No toca botón, uno de los programas televisivos de Alberto Olmedo. Nacida en La Violeta (Pergamino) en 1938, se trasladó a Buenos Aires graduándose en el Conservatorio Nacional de Arte Escénico. Actuó tempranamente en comedias, algunas picarescas, y en musicales, en títulos como El novio, Mame y Hello, Dolly!, obra que protagonizó la actriz y cantante Libertad Lamarque y dirigió Daniel Tinayre, en el desaparecido Teatro Odeón.
ENRIQUE SANTOS DISCÉPOLO
A 60 años de su muerte, que se conmemora mañana, la figura de Enrique Santos Discépolo enfatiza la condición revulsiva y singular que proyectó en su tiempo: su estilo compositivo sobresalió por su heterodoxia y la dificultad para enrolarlo en las corrientes estéticas -pasadas y futuras- del tango. La exuberancia artística de Discépolo excedió el circuito de la música y se irradió hacia la dramaturgia, el cine, el periodismo y la militancia política, asociada a la explosión social del primer peronismo.
