“Sí, es una presión. Y una rotura de huevos. Desde el jardín de infantes que vengo hablando de mi abuelo. Ahora por lo menos hay una excusa artística.” En su casa de Coghlan, rodeado de mujer e hijos, Daniel “Pipi” Piazzolla habla con cierta resignación del estigma del apellido, tan poderoso que ni su pueril apodo logra neutralizar. El “caso Pipi” puede ser analizado desde lo musical o desde el diván psicoanalítico. Lo concreto es que esquivó el tango como pudo, se dedicó a la batería y, recién después de cinco discos con la banda de jazz Escalandrum y casi 20 años de trayectoria en diferentes grupos (un abanico impresionante que puede ir de las Sabrosas Zarigüeyas al Lito Vitale Quinteto, pasando por bandas ad hoc como la que integró hace dos semanas para amenizar el casamiento de... ¡Karina Jelinek!), puede dar una entrevista él solito como lo que es: un Piazzolla.
En el medio, dos datos significativos: hizo terapia durante cinco años tres veces por semana y le dieron de alta en 2008; y Escalandrum se corrió de su libreto para sacar un disco enteramente consagrado al repertorio de Astor que, ateniéndose al título, le otorga una entidad extraordinaria al batero: Piazzolla plays Piazzolla. El álbum va a ser presentado el 15 de junio en el Gran Rex con el saxofonista cubano Paquito D’Rivera de invitado en siete temas y Susana Rinaldi en uno. Dice Pipi en la gacetilla de prensa: “El deseo de interpretar las obras de mi abuelo estuvo presente desde el inicio de mi carrera profesional. Ahora me siento realmente preparado y con la confianza necesaria para enfrentar este desafío. Decidí hacerlo con mi grupo Escalandrum, que lleva 12 años de trayectoria con la misma formación, discos, viajes, y muchos escenarios y vivencias compartidos. Una de las claves de mi decisión fue la interrelación y el conocimiento, tanto en lo humano como en lo musical, que tenemos como grupo.
El repertorio está elegido minuciosamente para que la música suene a la altura de las circunstancias y que Escalandrum no pierda su sonido. La idea fue elegir algunos clásicos y otras obras no tan conocidas, pero de igual belleza. Este es un tributo a Astor Piazzolla, que es una fuente de inspiración permanente para todos los músicos del mundo. Es un homenaje que le hacemos con mucho amor y respeto”. Dice ahora, con su hija Mora clavada frente a la computadora y el pequeño Lorenzo circulando por el living con un martillo, temerario: “La cosa empezó cuando en un ensayo tocamos un tema de mi abuelo no muy conocido, ‘Lunfardo’. Lo terminamos, nos miramos y dijimos: ‘Guau, cómo sonó’. Y lo más importante: sin traicionar el estilo y el espíritu de la banda. Hay una parte que improvisamos, otra parte que no. La versión tiene un montón de capas... Conservamos nuestro sonido y al mismo tiempo respetamos el tema tal cual fue concebido. Lo complejo fue trasladar lo que hace el violín y el bandoneón a tres saxos. El tango es muy delicado: una melodía tanguera tocada con saxo en lugar de bandoneón suena grasa. Es horrible. Precisamente elegimos temas que no tengan esas cosas atacadas, duras, del fueye. ‘Lunfardo’ fue la semilla de este disco; era principios de 2008”.
El término “Escalandrum” es un neologismo que juega con una variedad de tiburón criollo que Astor Piazzolla gustaba pescar en Punta del Este (el escalandrún) y la palabra inglesa drum (tambor). El sexteto lo completan Nicolás Guerschberg (piano y arreglos), Mariano Sívori (contrabajo), Damián Fogiel (saxo tenor), Martín Pantyrer (clarinete bajo y saxo barítono) y Gustavo Musso (saxo alto y soprano). Guerschberg lidera además el quinteto La Camorra que, como su nombre lo indica, es de cuño piazzolliano. Sin embargo, el director de Escalandrum es el baterista. El lo dice de un modo oblicuo: “Soy el que dirige hacia dónde va la música”.
Debe haber habido más de un conflicto con todo lo que representa el apellido, su peso...
–Es increíble, pero no. Incluso ellos quieren que yo cobre más, pero me niego. En una época no quería dar notas solo, pero eso se quebró. No pude sostenerlo. Lamentablemente los periodistas quieren entrevistas conmigo. Y la banda aprovecha: de pronto hay que ir a una radio a las dos de la mañana y... ¡tengo que ir yo! La última vez en Colombia llegamos a las seis de la mañana, a las ocho me metieron en un taxi y estuve dando notas hasta las seis de la tarde. Una locura, pero bueno... así se promocionan los shows y alguien lo tiene que hacer. Volviendo: lo que ocurre entre nosotros es mágico. Cero conflicto. Es que más allá del apellido, con el que seguramente conseguimos más trabajo, yo me quemo las pestañas estudiando y los chicos también. Hace ocho años que ensayamos todos juntos. Yo siempre traté de tener las cosas claras: quería estar al nivel familiar. Mi abuelo siempre me decía: “Estudiá, estudiá”. Mi viejo hipotecó la casa para que yo me fuera a estudiar a los Estados Unidos por un año.
Astor murió en 1992, Pipi es de 1972 y entre las enseñanzas de su padre Daniel –también músico, tocó en los ’70 en el Octeto Electrónico de Piazzolla– y la fama de su abuelo, se fue consumiendo su tierna infancia. “Los últimos tres años de Astor no se cuentan: tenía hemiplejia, no podía hablar. Pero hasta mis 17 construimos un lindo vínculo.”
¿Qué saltó en terapia?
–Uff... tanto... La búsqueda obsesiva de la perfección. Me ocurre cuando hago un café expreso como ahora o cuando Nico Guerschberg trae un tema que es una bossa nova y yo me paso toda la noche tratando de volverlo jazz argentino... Mi abuelo también buscaba la perfección, pero no porque en su familia hubiera alguien perfecto. El era así. En fin, no es fácil...
¿Qué cosa no es fácil?
–Nada. Es bravo: me siento a tocar la batería y hay diez tipos que miran qué carajo voy a hacer. Yo lo sé, siempre fue así, convivo con eso. Es una presencia, una observación permanente. Después te bajás y te encaran: “Yo era amigo de tu abuelo”. ¡Siempre hay un amigo de mi abuelo! (risas). Toco 250 veces por año, te imaginás...
Vos sos el nieto de Astor, pero Daniel es el padre de Pipi... Claramente superaste musicalmente a tu viejo.
Mariano Del Mazo
