Enfermedades, cenizas, frío, pobreza, hambre, chicos perdidos. Todos estos males azotaron con fuerza a nuestro país durante 2011, pero los argentinos no se quedaron de brazos cruzados. Salieron a recorrer las ciudades durante el invierno para abrigar a las personas de la calle, recolectaron víveres para colaborar con las personas afectadas por las cenizas del volcán Puyehue y se movilizaron para encontrar a los chicos perdidos y juntar tapitas a beneficio del hospital Garrahan. También miles de jóvenes destinaron sus fines de semana -y hasta sus vacaciones- para construir viviendas en barrios carecientes, y la sociedad se conmovió con el pedido de Bustos Fierro para la operación de Agustín colaborando para conseguir el millón de dólares necesario para su intervención en el exterior.
Así somos los argentinos. Solidarios ante las catástrofes, aunque nos cueste un poco más el compromiso a largo plazo. Aunque seamos caóticos en nuestra respuesta y colaboración. Aunque tengamos latentes las ganas de ayudar pero muchas veces no encontremos la manera de canalizarlas.
Sin embargo, 2011 fue un año en el que la sociedad salió a la cancha y se puso la camiseta de la solidaridad. Los argentinos coparon las avenidas en maratones a beneficio, se sumaron a numerosas movidas sociales, se anotaron para donar sangre u órganos. y más, mucho más.
Por todo lo anterior, no debería sorprender que la Argentina se ubique en el cuarto lugar dentro de los 36 países considerados los más solidarios del planeta y con mayor actividad filantrópica privada, según una investigación publicada por la Universidad Johns Hopkins de los Estados Unidos publicada en agosto de este año por el diario International Herald Tribune. El estudio revela, asimismo, que la Argentina es el duodécimo país del mundo en cantidad de voluntarios.
A Mariana Comellini, las Recorridas del Frío de la Red Solidaria le devolvieron la posibilidad de creer que se puede hacer algo por los demás y de que algunas personas que viven en la calle pueden apostar por un futuro mejor.
"La primera noche de recorrida fue un antes y un después en mi vida, porque fue chocarse con una realidad que uno conoce pero con la que no entra en contacto. Cada una de estas personas tiene una historia de vida muy dura y uno puede aportar algo mínimo para mejorarles su situación, pero yo sentía que éramos nosotros, los voluntarios, los que salíamos más modificados después de ese intercambio. Aprender que uno sí puede involucrarse y mejorarle la vida al otro, ésa es la enseñanza más grande que me llevo", dice emocionada esta joven de 30 años, que es docente en una escuela secundaria de Avellaneda, donde dicta las materias de Construcción de Ciudadanía y Política y Ciudadanía.
Por suerte, no estuvo sola en esta tarea. En su segundo año de realización, las Recorridas del Frío lograron reunir a 1500 voluntarios que durante 140 noches patearon las calles de la ciudad de Buenos Aires para repartir sopas calientes, galletitas, frazadas y ropa de abrigo a las personas de la calle. Pero más allá de la ayuda material, lo importante es el contacto que se genera entre el voluntario y el beneficiario, los abrazos, los momentos compartidos y las historias de vida que se entretejen.
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