BOLETÍN ARGENTINO

Primer Boletín de Noticias de los Argentinos en el mundo - Director: Osvaldo Parrondo - Contacto: oparrondo@telefonica.net

Viernes, 30 de julio de 2010

Policiales

Delincuencia juvenil: Reclutadores de mano de obra cautiva

Escribe Horacio Cecchi: iAparecen como victimarios pero primero son víctimas. Los casos Urbani, Arruga, Capristo, Barrenechea. Cómo presiona la policía, cómo actúa el reclutador. El destino fatal si se quieren abrir.  El caso Urbani, donde dos adolescentes menores de edad están condenados, puso en evidencia el accionar de los reclutadores.
“(...) Respecto del “P.” sabe que vino un señor pelado y le dijo a D. si querían ir a robar y a los otros pibes, ellos no querían ir y les dijo que los acompañe, se pusieron a tomar cerveza y no volvieron más.” La cita es un textual del fallo del tribunal 3 de Responsabilidad Penal Juvenil que el domingo pasado condenó a dos adolescentes por el crimen de Santiago Urbani. Corresponde a un testigo del caso, vecino del barrio de Garín donde viven los dos chicos condenados. El “señor pelado” al que hace referencia es, según la investigación, Oscar Alberto Pérez Graham, de 43 años y el único prófugo del caso. Los que “se pusieron a tomar cerveza y no volvieron más” son los dos adolescentes condenados y un tercero, Emiliano Herrera, de 20 años, que tendrá su juicio ante un tribunal de adultos. No fue la única vez que el Pelado fue mencionado. A lo largo de las 150 carillas del fallo, los diferentes testimonios hicieron blanco en su presencia en el robo, en otros robos, en la lógica del reclutamiento, en la zona liberada por la policía de Tigre y en el conocimiento que tenía la policía de Garín sobre sus actividades.

No es el único caso de reclutamiento de menores de 18 años. Las páginas policiales (no las periodísticas) están tapizadas de historias que jamás saldrán a la luz porque forman parte del accionar cotidiano, enmascarado debajo de los reclamos de mayor seguridad en los que curiosamente están comprometidos los responsables de esas policías. El caso Capristo, el caso del ingeniero Barrenechea, el de Luciano Arruga, casos en Mar del Plata, otros en La Matanza, algunas versiones que apuntan a Bariloche, el caso Piki, en Balvanera, probablemente los casos de Demonty en el Bajo Flores y los más recientes de Kiki y Jonathan en Mataderos. Según los expertos, todos los casos tienen al menos cuatro denominadores comunes:

1- El adolescente reclutado de sectores marginales es fácil mano de obra barata y literalmente cautiva porque una vez que acepta le resultará imposible abrirse. Si no acepta (Demonty) o se abre (Kiki y Jonathan), sobrevendrá la muerte o desaparecerá (Arruga).

2-El reclutador, un adulto con ascendencia sobre los adolescentes, que puede ser particular, un policía o dado el caso una comisaría.

3-El paraguas policial, zona liberada o como quiera llamarse a la inactividad de la fuerza de seguridad encargada de dar seguridad en la zona donde se cometerá el asalto.

4-Producido el hecho, los mecanismos policiales rápidamente pliegan la mirada sobre los adolescentes, los únicos responsables visibles al público que reclama mayor seguridad fogoneado por los sectores manoduristas. En todos los casos, el Estado está ausente en su faz social y aparece brutalmente en su faz mediáticopunitiva. Mientras las autoridades no atraviesen transversalmente la lógica del funcionamiento, el sistema continuará.

“La relación se va generando naturalmente en el barrio. Los chicos están muchas veces en el delito –sostiene el secretario de una fiscalía–. Están en el robo mínimo, los vecinos los denuncian, viene la policía, lo identifica, pero tiene una actitud condescendiente. ‘Te perdono la vida y hacé lo que yo te digo’, es el pacto. A veces consiste en sacarle una parte de lo robado, otras en el pago con paco, con pastillas o drogas. Si no quieren, empieza el hostigamiento. Los levantan una vez, en averiguación de antecedentes, muchas veces, sin que eso signifique delito alguno, pero en la mente del chico ya está en manos ajenas.”

Como sostuvo Claudia Cesaroni en una entrevista de este diario el domingo pasado, nadie los ve como víctimas sino como victimarios. Salvo que no aparezcan con vinculación delictiva sino como Ezequiel Demonty, Kiki Lezcano o Luciano Arruga, muertos o desaparecidos. La lista de sus nombres exceden el espacio de esta nota. Son muchos y la responsabilidad estatal y de los adultos es mayor aún.

En octubre de 2008, el juez platense Luis Arias, ante un hábeas corpus presentado por el defensor del fuero Juvenil Julián Axat, prohibió a la Bonaerense detener a menores de 18 para averiguación de antecedentes. Pocos días antes, Piki asaltaba con un cuchillo una farmacia porteña y llamaba la atención de un ejército de policías armados y cámaras que buscaban noticias. El susurro policial a los medios, que repetían esa información, era que se trataba de un peligroso delincuente con una docena de entradas. No decían que esas “entradas” se trataban de búsquedas de paradero, entrega en domicilio (como denominan a la devolución a los padres) y persecuciones por un porro.

El fallo de Arias reveló el soporte de la lógica que apunta a los adolescentes: el ministro de Seguridad Carlos Stornelli apeló la medida y la Cámara la revocó. Un año después, el tira y afloje con el juez seguía. De hecho, Arias denunció públicamente que la Bonaerense reclutaba menores para robar. Casal, todavía uniministerial, lo conminó a que presentara casos. Arias presentó 23 casos investigados en los cuales las fiscalías no avanzaban o archivaban pese a que las denuncias eran concretas, presentadas por familiares o vecinos, o los propios chicos perseguidos. La polémica siguió con Stornelli, por entonces responsable del área policial. Pero la sorpresa llegó de la propia fila. En diciembre pasado, dos meses después del crimen de Urbani, Stornelli denunció ante la Justicia que los asesinatos de Renata Toscano, Claudia Almirón, Ana Castro, y las heridas a Claudia Pitti, todos en la zona sur del conurbano, eran cometidos por adolescentes reclutados por policías, lo mismo que había denunciado el juez Arias pero que fue discutido por Casal, Stornelli y el fiscal Marcelo Romero.

El caso Urbani es una radiografía excelente de la lógica de reclutar menores, válido para cualquier jurisdicción policial. Es al menos curioso que ninguno de los más altos responsables de la Bonaerense no hagan la menor mención a semejante despliegue de testimonios durante el juicio, y que desde los medios sólo se consulte la empañada versión oficial.

Los testimonios lo demuestran. Desde la casa de Urbani llamaron al 911. Sus familiares reconocieron la demora policial. Sostuvieron que primero llegó un motociclista de Prosegur, luego una ambulancia, a la media hora un policía y luego varios patrulleros. No fueron los únicos. Los vecinos en cuyo garaje Santiago guardaba el auto también llamaron, pidieron urgencia y coincidieron en la demora. Y una vecina llegó a asegurar que “el barrio es tranquilo, nunca pasa nada”, pero que en pocos días sucedieron varios hechos, incluyendo un breve secuestro. “Que la zona es segura –sostuvo la testigo, que para ella venían preparando la zona y la policía la dejó liberada, la seccional de Tigre la dejó liberada, que está todo custodiado y ese día no había absolutamente nada (...). Hubo cosas que pasaron muy seguido y eso fue raro. Que la policía tardó unos 15 o 20 minutos, tiempo para que se fueran. Que cuando pasaron los otros hechos el personal policial tampoco estaba.”

Para colmo, la inoperancia aportó su duna de arena: el Renault 18 en el que llegó la banda del Pelado Pérez y que quedó abandonado frente a la puerta, había sido robado esa misma noche en Garín. Extrañamente, los Bonaerenses declararon que el auto no tenía pedido de secuestro. La esposa del dueño del Renault 18 dijo que había concurrido a la comisaría de Garín pasada la medianoche, dos horas antes del crimen de Urbani, pero no le tomaron la denuncia y le pidieron que regresara “a la mañana temprano”. De todos modos, antes de ir a la comisaría, la mujer llamó a la policía y un oficial que llegó en un patrullero le tomó los datos y delante de ella los transmitió por la radio, tal como consta en su declaración. Si efectivamente estaba registrada, la negligencia bordea la complicidad. Si no, al menos es inoperancia y complicidad por omisión.

Peor aún, de los testimonios policiales surge que la actividad del Pelado Oscar Pérez Graham era conocida, “un levantador de autos con yuga”, lo describieron por la particularidad de que abría los autos con una ganzúa y sin romper los vidrios. A tal punto era conocido (ya había sido detenido por otros robos y había tenido persecuciones hasta la puerta de su propia casa, sin que pasara a mayores) que en la investigación posterior, las hipótesis lo apuntaban a él o a dos hermanos en la actividad porque no usaban el método de la yuga.

El Pelado, tal como relataron los vecinos del barrio de los dos adolescentes, los convocaba con pastillas, cerveza y drogas. El día del crimen fueron varios los testimonios que lo describieron tocando la bocina y llamando a los tres que participaron. Sin embargo, de ningún discurso oficial surgió que la responsabilidad principal recayera sobre el reclutador ni mucho menos sobre sus socios uniformados. Massa atinó el primer día a pedir el desplazamiento de dos policías del 911. Casal cargó contra los jueces: “Los magistrados tendrían que dar explicaciones de sus fallos”, dijo en una entrevista dos días después del fallo.

Prostíbulos y policias asociados

En allanamiento a prostíbulo participó comisaría denunciada.  La trata trata de protegerse.
Una chica denunció haber sido prostituida. Allanaron cuatro locales. Participó la seccional 44ª, acusada por la denunciante.
“La orden la conseguimos por una piba de 23 años que buscaba laburo, pero es uno de los 600 prostíbulos que denunciamos el año pasado. En febrero le dieron un papelito en la calle, un volante, donde le ofrecían cien pesos por día para limpiar un bar en Liniers. Cuando fue, vio que estaba vacío el lugar. Parecía todo normal y cuando terminó de limpiar no la dejaron salir. Le decían que tenía que esperar a la dueña. Bueno. La dueña, que es Alicia Frías, no aparecía. Una hora y media después, cuando la piba insistió, empezó la violencia. La cagan a trompadas, la violan y la encierran una semana. Así la ablandan. La obligan a ponerse lencería, no la dejan tener contacto con otras chicas y un día, ella no sabe bien cuándo, porque perdió la noción del tiempo, hubo una pelea entre clientes y proxenetas y logra escapar. Se toma un taxi, va a lo de su hermana y su hermana busca, encuentra el prostíbulo y hace la denuncia.”


El relato de Gustavo Vera, hecho la noche del viernes pasado en el hall de la cooperativa La Alameda, cerca de Parque Avellaneda, viene con una advertencia: “Van a allanar ese lugar en media hora y otros cuatro en la misma zona. Serían de la misma dueña. La idea es que la prensa esté para fiscalizar el operativo, no sea cosa que nos monten un circo”. Los lugares en cuestión están en Liniers: avenida General Paz 10.610 (a media cuadra de una garita policial), Rivadavia 11.330, Carhué 91, Gana 112 y 243. Todos fueron allanados simultáneamente por orden del juez federal Sergio Torres, y a cargo del comisario Néstor Roncaglia, de Delitos Complejos de la Federal.

El primero en salir de la puerta celeste de Rivadavia 11.330 fue un cliente, bastante borracho por cierto, y luego dos mujeres dominicanas. En la puerta había tres autos particulares, una camioneta de Delitos Complejos y dos patrulleros de la comisaría 44ª, denunciada como cómplices por la víctima. Uno de ellos no tenía inscripción del número del móvil pero sí patente: GVC 819. “Nada raro, pasaron a ver de qué se trataba”, dijo un oficial. Los patrulleros presenciaron casi todo el operativo, en principio, sólo como colegas interesados.

Al advertir la situación, los militantes del Movimiento de Trabajadores Excluidos (MTE) y de La Alameda, que marcharon al lugar, les dedicaron un canto mientras marchaban por Rivadavia: “En Argentina hay una banda / hay una banda de delincuentes / que explotan pibes, trafican gente / y está la cana que los defiende”. Con la vereda tomada por los manifestantes y las cámaras apagadas, dos hombres salieron del prostíbulo esquivando las miradas y acompañados por un policía. Llegaron hasta la esquina, el policía les habló brevemente y luego se fueron caminando rápido, sin mirar atrás.

Hasta ese momento, la policía sólo había respondido de rigor a las consultas: “Recién llegamos”, decían. O informaban que “no hubo resistencia”, que había “muchas mujeres extranjeras”. Otro simplemente dijo “no” cuando se le preguntó si había llegado el fiscal (que al final no se presentó). Pero el mutismo se interrumpió cuando este cronista le comentó lo extraño de la situación a un colega y un policía que parece saber leer los labios se acercó. “Son dos infiltrados nuestros con cámaras y todo. Por eso se fueron”, dijo. ¿Consiguieron pruebas? “Muchísimas.”

“Que conste, el juez debe saber si había agentes encubiertos. Aunque la verdad debería haber venido, no está obligado, pero tampoco está bien tercerizar todo el operativo, sabiendo que la policía podría estar implicada. Digo. Porque ni siquiera mandaron un secretario”, comentó Vera, al enterarse del hecho. Desde el primer piso del lugar, uno de los uniformados salió al balcón y filmó a los militantes que aguardaban sobre la vereda. “Son lobos cuidando a las ovejas”, les gritó alguien de la multitud.

Juan Gravois, del MTE, dio un pequeño discurso en la calle, donde algunos vecinos y transeúntes se habían detenido al ver semejante operativo a sólo una cuadra de la estación de tren de Liniers. “Este lugar y otros parecidos forman parte de la recaudación policial, la plata con la que los comisarios se compran esos lindos autos que tienen. Nosotros vinimos acá a cagarles el circo porque este procedimiento es ridículo, está armadísimo”, gritó el joven. En la puerta celeste del prostíbulo, desde donde se veía una cama y una pared de cajones de cerveza, un uniformado apretaba la mandíbula y buscaba a sus colegas con la mirada, al escuchar el discurso.

A pocas cuadras, en otros prostíbulos, la policía les retiró las cámaras de foto y video a los militantes, que acusaban a los uniformados de avisar a los proxenetas. “Si en la whiskería de General Paz se fueron cinco chicas antes de que llegara el operativo”, aseguró un integrante de La Alameda. Las treinta mujeres que salieron de los prostíbulos fueron interrogadas por la Oficina de Asistencia Integral a la Víctima del Delito, quienes determinaron que no se trataba de casos de trata. “¡Y qué van a responder las chicas, si ven un montón de uniformados en el operativo y saben de las complicidades que hay! Lo único que quieren es volverse a casa”, se quejó Vera.

En total se detuvo a 29 personas, de las cuales nueve quedaron incomunicadas, aunque de no probarse la trata de personas podrían recuperar la libertad en breve.

Emilio Ruchansky

Dólares falsos desde La Quiaca hasta Ushuaia

Cuando los perros reaccionaron ante los dos paquetes, los gendarmes del Escuadrón 21 de La Quiaca pensaron que acababan detectar un envío de cocaína en encomienda, algo usual en los últimos años. Pero no: adentro encontraron 245.000 dólares falsos repartidos en carpetas tipo oficio. “Uno tenía como destino Buenos Aires y otro Rosario. Eran billetes de 100 de muy buena calidad . Los perros reaccionaron por el olor a tinta”, contó a Clarín el comandante principal Osvaldo León, jefe del destacamento que hizo el operativo, el 20 de abril pasado.

Unas semanas después, el 3 de junio, Gendarmería secuestró otros 577.400 dólares falsos en el mismo lugar, la estación de ómnibus. “También iban rumbo a Buenos Aires y Rosario. Los billetes estaban envueltos en diario y celofán para aislar el olor, pero el envio saltó porque tenía el mismo remitente falso que los paquetes de abril”, agregó León.


Por correo o a través de mulas, lo dólares falsos entran de a miles a nuestro país, donde funcionan pocas imprentas capaces de producir copias de calidad. Esos dólares (en su mayoría de 100) terminan en las calles. El negocio perjudica generalmente a personas que, de buena fe, los toma como legítimos y descubre el chasco recién cuando intenta cambiarlos en algún banco o casa de cambio.

“El año pasado, la Policía Federal rescató, en diferentes procedimientos, 1.540.000 dólares falsos ”, confió a Clarín Patrick Bush, asistente jefe encargado de la Oficina Miami del Servicio Secreto estadounidense. “Estamos colaborando para determinar de dónde provinieron los dólares secuestrados en La Quiaca. Hay un rumor de que son bolivianos, pero nosotros sospechamos que su origen es Perú”, agregó.

Según Bush, “las copias que circulan por Argentina y Chile provienen en primer término de Perú y luego de Colombia”. De hecho fueron los colombianos los que, hasta fines de los 80 (cuando el billete norteamericano tenía pocos elementos de seguridad), idearon un ingenioso sistema de falsificación. “Tomaban billetes de un dólar, los lavaban con solvente y sobre el papel moneda original imprimían billetes de 100”, contó a Clarín Edgardo González, de la División Documentación de Gendarmería.

Las fuentes consultadas por este diario coinciden en que el negocio de los dólares falsos está compartimentado. El falsificador no se sale de su oficio: hace los billetes y cobra al comprador entre el 15 y el 25% del valor nominal del billete .

“Los billetes falsos se suelen colocar en cantidades bajas. Un ‘pasador’ nunca lleva más de un billete falso encima, para no incriminarse. Cuando coloca uno tiene cómplices que le van reponiendo”, explicó una fuente de la Superintendencia de Investigaciones de la Federal, que también señala la existencia de empleados infieles de bancos o casas de cambio.

Un caso así se descubrió a principios de año en Ushuaia, donde terminaron procesados dos empleados del Banco del Sol. Todo explotó cuando una mujer que había comprado dólares en esa entidad quiso cambiar un billete de 100 en el casino local.

“Se descubrió que el cajero y el hijo del gerente mechaban dólares falsos entre verdaderos. Así pasó con esta señora y también con un militar al que le dieron 400 e intentó comprar algo en Punta Arenas y con una ex empleada del propio banco, a la que le dieron un billete de 100”, contó a Clarín el fiscal federal de Ushuaia, Juan Soria. “Todo quedó filmado por las cámara del banco. Había una caja paralela ”, agregó el fiscal, que ahora investiga de dónde llegaron los billetes.

En realidad son pocos los casos que llegan a la Justicia. La mayoría de las personas, al darse cuenta de que les dieron un billete falso, trata de pasárselo a otro. “Si sospechan, vienen a que les digamos si el billete es bueno. Pero se van corriendo cuando les confirmamos que es falso, y les advertimos que se lo tenemos que retener y ponerle un sello para que no siga circulando”, confió Alfredo Piano, dueño de Banco Piano.

“Algunas copias son muy buenas. Acá tenemos dos personas que son capaces de detectar dólares falsos a tres metros, pero no hay mucha gente entrenada ”, agregó.

Las pocas veces que el sistema recupera divisa extranjera falsa es a través de los bancos o casas de cambio, que deben informarlo al Banco Central. Y según datos proporcionados a Clarín por el BCRA, en 2009 de esta manera se recuperaron cerca de 400.000 dólares. De esta cantidad, 350.000 correspondían a billetes de 100.

De 2006 a la fecha, la cifra fue aumentando levemente. No ocurrió lo mismo con las causas penales iniciadas por falsificación de moneda, delito que tiene penas de entre 3 y 15 años de prisión.

En los últimos cinco años la cantidad de causas bajó sensiblemente. De acuerdo a estadísticas de la Procuración General de la Nación, mientras que en 2006 se iniciaron 1.410 expedientes en Capital y otros 3.100 en el Interior, en 2009 la cantidad bajó a 123 en Capital y 796 en el Interior. Los números de 2010, por el momento, muestran un extraño 0 . Sólo un factor permanece y muestra lo federal de este delito: el 80% de los casos se registró en las provincias.

Las pruebas de la corrupción policial

Por primera vez, policías revelan cifras de un negocio que mueve millones.
Tarifas, formas de cobro, cómo se reparten los sobornos y hasta qué niveles político y policial llegan los dividendos provenientes del juego clandestino, la prostitución, los boliches bailables, los talleres mecánicos y las ferias ilegales, entre otros rubros. Todo está en el nuevo número de la revista Noticias, en el que tres ex policías revelan al detalle las cifras y formas de un fenomenal negocio que sólo en la Provincia de Buenos Aires mueve 300 millones de pesos al año.

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