La historia del escuadrón que defendió la Casa Rosada el 16 de junio del '55. Eran conscriptos y tenían la misión de custodiar al presidente. Los bombardeos contra la Plaza de Mayo mataron a 364 personas, entre ellas a 11 de sus camarada, .dicen Héctor Sosa, Rubén Sosa, Francisco Robledo, Miguel Cernada y Diego Bermúdez en la Casa Rosada. Han pasado gobiernos militares, radicales, peronistas y nadie se acordó de los granaderos reservistas que defendimos ese ataque. Hemos perdido 11 camaradas en el bombardeo a la Casa Rosada. Me gustaría, si fuera posible, que hicieran algún comentario. Quedo a sus órdenes. Granadero Reservista Miguel Cernada. Junín, Buenos Aires". La trágica historia sobre el feroz ataque de tropas golpistas a la población civil de Buenos Aires, que ocasionó la muerte de 364 personas, en su mayoría civiles, y más de mil heridos, siempre osciló entre el ocultamiento y su revelación, de acuerdo el mayor o menor apego por la verdad histórica del poder de turno. Pero no siempre se le dio la importancia que merece a contar cómo un grupo de Granaderos a Caballo, ese cuerpo del ejército creado por José de San Martín cuya misión es escoltar y garantizar la seguridad del presidente, defendió con las armas y con sus vidas el orden constitucional y la democracia. Un hecho que realza a un sector de las Fuerzas Armadas. Fuerzas que, en su historia, se caracterizaron justamente por todo lo contrario: golpes de Estado, amenazas a la institucionalidad, por el genocidio de su dictadura. El e-mail llegado desde el Buenos Aires profundo planteaba, además, la oportunidad de otorgarles la palabra a los protagonistas de esos sucesos, un deber que la sociedad tenía pendiente. Un equipo de esta revista se puso en contacto con Miguel Cernada, quien ayudó a ubicar a algunos de sus compañeros de "la gloriosa clase del '34 de los Granaderos", como se denominan, para reconstruir una parte olvidada de la historia a través de un relato colectivo. El 16 de junio de 1955 amaneció con un aire enrarecido. El pronóstico anunciaba frío y humedad, pero no sólo el clima estorbaba la respiración de los argentinos. La sociedad se encontraba en un pico de enfrentamiento como pocas veces antes. El gobierno de Juan Domingo Perón era asediado por amenazas y protestas impulsadas por los sectores más privilegiados de la sociedad, hartos de casi una década en la que la clase trabajadora se había excedido en sus privilegios: vacaciones pagas, comisiones internas que ponían coto a los abusos patronales, obras sociales, aguinaldos, participación en el producto bruto interno superior al cincuenta por ciento. También es cierto que el gobierno peronista, que había asumido su segundo mandato con el 62 por ciento de los votos tres años antes, ?del micro. Cuando vio que me abrían salió corriendo hacia el portón, pero una ráfaga de metralla lo barrió. Cayó. Estaba lejos mío, parecía muy mal herido
-Robledo hace una pausa, toma aire, continúa-. Intenté ir a ayudarlo, pero el sargento me dijo: '¡No!, ¿no ves que se está muriendo?', y me tiró para adentro.
Fue una sensación muy rara tener que cerrar el portón con Casablanca afuera.
Las lágrimas le quiebran la voz. Bermúdez continúa el relato: "Entramos a la zona con las orugas, dimos la vuelta por el frente de la Casa de Gobierno y tuvimos el primer tiroteo contra los francotiradores apostados en el Ministerio de Asuntos Técnicos. Después avanzamos hasta Paseo Colón y enfrentamos a la infantería de marina, haciéndolos retroceder hasta el ministerio. Después llegaron más tanques y los marinos sacaron la bandera blanca. En ese momento apareció la gente que había llamado De Petri, el dirigente de la CGT, y nos pidió armamento para defender a Perón, no lo hicimos pero igual permanecieron detrás de las orugas.
En ese momento vimos que venían cinco aviones del lado de La Boca, pensamos pensamos que se había terminado todo, que los insurgentes habían perdido el dominio del aire. Pero empezaron a barrer nuestros camiones y a la gente, tiraban con ametralladoras y lanzaban bombas".
El plan golpista había fracasado. Ningún otro regimiento, como esperaban los conspiradores, se había unido al alzamiento. La artillería antiaérea había derribado algunos aviones. Los cabecillas sediciosos decidieron escapar hacia el Uruguay, que había aceptado darles asilo bajo la condición de que llegaran sin armas. En el comité de recepción montevideano los esperarían Carlos Suárez Mason, futuro futuro torturador de la dictadura videlista, y el socialista Américo Ghioldi.
Robledo continúa el relato: "En lugar de tirar las bombas al río, volvieron a descargarlas en la plaza. Mataban con saña. Yo estaba en una barricada que reemplazaba a una puerta destrozada sobre la calle Yrigoyen. Les disparaban a pobres obreros que iban a defender al general. La gente corría hacia el subterráneo, uno entró, dio un paso y, de pronto, se quedó quieto. Se arqueó para atrás, rebotó contra una pared y comenzó a rodar por las escaleras. La balacera lo había liquidado".
Bermúdez describe: " Desde el oruga pude ver escenas espantosas. Un hombre tenía el torso de un lado y las piernas del otro, desprendidas, cortadas. Un rato después se pudo tomar el Ministerio de Marina y los líderes se entregaron".
Robledo revive: "Cuando hubo calma, salí de inspección con un sargento. Vi un torso desprendido, y dentro del trolebús, los sesos de las víctimas pegados en el techo. Son imágenes que no puedo olvidar", dice con bronca.
El bombardeo de Buenos Aires había finalizado, dejando un tendal de horror y muerte como no volvió a vivir la geografía argentina. Nunca antes en la historia mundial un ejército bombardeó su propia capital e hizo de la población civil el objetivo de sus ataques. Fue la jornada más violenta de la Argentina contemporánea, la más vergonzosa. En medio del espanto, la imagen de los obreros pidiendo armas para defender a su líder y la resistencia armada de un grupo de granaderos, de colimbas, defendiendo el orden constitucional son un remanso que alivia, un poco al menos, la conciencia de la historia argentina. Esos conscriptos velaron con honores a once de sus compañeros, aunque la versión oficial sólo verificó los nombres de nueve: José Baigorria, Laudino Córdoba, Mario Díaz, Orlando Mocca, Pedro Paz, Ramón Cárdenas, Oscar Drasich, Rafael Inchausti y Víctor Navarro.
Los granaderos, reunidos después de 53 años para hablar por primera vez con la prensa, no pueden evitar las lágrimas al recordar a sus compañeros caídos. "No pido demasiado -protesta Cernada-, pero creo que quienes dieron su vida defendiendo la democracia merecen, por lo menos, una mención de la Presidenta." Y no sólo de la Presidenta. Es una deuda que la sociedad aún tiene pendiente. Esta sociedad que hoy amenaza con dividirse por el mismo odio irracional de entonces. Es hora de escuchar a las víctimas. Ellas son el antídoto a la sinrazón.