BOLETÍN ARGENTINO

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Jueves, 17 de mayo de 2012

El palacio de Aguas Corrientes

La ciudad de Buenos Aires, según un primer censo de 1869, contaba entonces con más de 160.000 habitantes, que residían en 19.000 viviendas urbanas de las que, una buena cantidad, estaba construida con materiales bastante precarios. Era entonces la ciudad más populosa de América del Sur.
En 1887 el número de habitantes se había incrementado a unos 440 mil y las viviendas relevadas rondaban las 35.000. De estas más de la mitad era propiedad de extranjeros (12.360 propietarios italianos) y sólo 15.400 propietarios argentinos. La ciudad abarcaba 3.963 cuadras, de las cuales sólo un cuarto (870) estaba empedrado. Múltiples arroyos surcaban la ciudad, a cielo abierto, y que, en la zona céntrica, recibían las descargas domiciliarias de aguas servidas y  otros múltiples desechos  de distintos orígenes.

Fuera de la zona céntrica, pero no muy lejos, se ubicaban las incipientes industrias, las que, ya por una norma de 1860, debieron desplazarse hacia la periferia. Algunas de estas industrias, de gran efecto contaminante, constituían una amenaza caliente y permanente a la salud pública. Insoslayable es el caso de los mataderos. Para la época funcionaban tres: uno en la zona norte, pero muy poco más allá de la actual Recoleta; otro en lo que es la  Plaza Miserere y el tercero  por el lado de Constitución, que más tarde se mudó a la zona de Parque Patricios.
Diariamente se faenaban centenares de animales, entre vacunos y ovinos, para consumo inmediato. Los vacunos eran desjarretados, degollados y desangrados en los mimos corrales. La sangre, mezclada con la tierra, formaba una costra putrefacta y nauseabunda, cuya fetidez invadía hasta el corazón de la ciudad en días de vientos propicios. Teniendo en cuenta la ubicación (norte, oeste y sur) de los mismos,  la ciudad debía tener pocos días de “buen aire”.

La abundancia  permitía, además,  a los porteños ser muy selectivos en los cortes aceptados, lo que multiplicaba los desperdicios que se sumaban a las entrañas, desechadas prácticamente en su totalidad.

Otro tema que debía preocupar a las autoridades, por razones parecidas,  era la falta de agua plenamente apta para el consumo humano. ¡Había tanta agua por ahí! Debía parecer una paradoja tener que ocuparse de eso. Por esta razón, el problema no generó más que  eso: preocupación. Por excesivo tiempo quizás.

Para 1870 existía un sistema de agua corriente, con distribución a partir de un depósito elevado, con capacidad de 272m3, situado en la actual Plaza de los Dos Congresos. Las instalaciones para la distribución contaban con surtidores públicos en: hospitales, edificios públicos, hoteles, teatros, mercados, plazas, y una boca, en las principales calles, cada 4 cuadras. Si bien era un importante adelanto, no satisfacía las necesidades y, mucho menos, llegaba a todos los rincones de la ciudad. Un cronista cuenta que del lánguido flujo de agua que manaba de un grifo se nutrían, en San Telmo,  más de ochenta familias. El grueso de la población bebía del río, aguatero mediante, o, a lo sumo, del pozo de la huerta o del aljibe del patio. Y los inmigrantes llegaban cada vez  más numerosos. Y la ciudad crecía. Y la gente se hacinaba en los conventillos del sur,  viejos caserones que los pudientes porteños abandonaban para mudarse hacia el norte, la plaza San Martín y más allá.

Todavía en 1905, en un informe a la Cámara Baja, el diputado Alfredo Palacios advertía: “En la Boca existen 308 conventillos en los que se alojan 14.281 habitantes. El 50% de las defunciones corresponde a niños…”.

Es obvio que Buenos Aires estaba tentando la buena suerte que la había acompañado en la primera mitad del siglo XIX, sin un brote epidémico. Pero la ciudad demoró en comprenderlo y pagó en vidas el precio.

El primer zarpazo de las amenazas en acecho se produjo en 1867. Un millar y medio de víctimas se llevó,  en pocos días,  un brote de cólera. Dos años después la siega la hizo  la fiebre tifoidea y luego apareció la difteria. Epidemias que tienen el hacinamiento como caldo común de cultivo y la higiene y saneamiento como eficaces medidas de prevención. Los avisos hablaban “alto y claro”, pero no fueron debidamente escuchados.
En 1871, de la “Caja de Pandora” se escurrió el último gran flagelo: una epidemia de fiebre amarilla. En escasos seis meses se cobró en trono a 14 mil víctimas, desbordando la capacidad de todos los servicios: de los médicos,  de los hospitales,  de los fabricantes de ataúdes, de las funerarias y hasta la de los cementerios, que durante seis meses no tuvieron “paz”.

En  el mausoleo erigido en honor de los que ofrendaron sus vidas socorriendo, un texto lacónico y  lapidario reza: “Mansión de los muertos que acusa a las autoridades  que fueron”. Hay fatalidades, pero esto no lo fue.
Para aquella época Buenos Aires comienza a “querer parecerse” a Paris, donde el Barón Haussmann había concluido su remodelación (1870) pensando resolver problemas tan obvios y apremiantes como los relacionados con el espacio verde, con la luz, con la aireación,  con el agua, con la higiene, etc. que, sumados a la distribución racional del espacio y de los servicios comunitarios en la urbe, constituirán las metas del urbanismo higienista y sanitarista que nace en esas décadas y del cual la ciudad de La Plata será uno de los más destacados ejemplos  a nivel mundial.

La Capital Federal, aunque recién declarada (1880), no podía ser menos que la nueva capital provincial,  que habría de surgir de la nada, pero que ya poseía el plano de su casco  urbano y lanzaba los primeros llamados a licitación internacional para el diseño de sus monumentales edificios públicos.
En este contexto el gobierno nacional encara obras para adecuar la ciudad a su nuevo rango de Capital de la República, dotándola de mejores servicios, ensanchando calles, abriendo avenidas y embelleciéndola con edificios públicos de alta calidad. A este impulso se suma rápidamente la iniciativa privada y, por supuesto también, la autoridad comunal, presidida por su primer intendente: Don Torcuato de Alvear.

El llamado Palacio de Aguas Corrientes es una muestra clara del doble propósito: un edificio al que, con todas las de la ley, se denomina Palacio, pero que está destinado a albergar gigantescos tanques de agua.
El proyecto se encomendó, en 1884, a la compañía inglesa Bateman que ya había colaborado con el plano y  la construcción de las instalaciones de agua corriente en 1869. Respecto del nuevo emprendimiento, Parson, socio de Bateman, confiesa que “…el gobierno estipuló que el exterior del edificio debía ser vistoso…” La premisa era proveer un servicio adecuado de agua corriente a la ciudad y al mismo  tiempo dotarla de un edificio que la  prestigiara. Y se le asignó un  presupuesto acorde: el 50%  del total del monto destinado a obras públicas y saneamiento.

Quien circule por la manzana que rodeada por las calles: Riobamba, Viamonte, Ayacucho y la  Av.Córdoba, sin duda que mirará con asombro ese edificio, llamativo en todos sus aspectos, pero “que no dice lo que es”. De hecho, muchos porteños, que transitan la zona céntrica, ignoran qué contiene.

La compañía inglesa encomendó el proyecto al arquitecto noruego Olaf  Boye y la dirección de la obra al ingeniero sueco Carl Nyströmer. Se inició la construcción en 1887 y se inauguró en 1894 con la asistencia del Presidente, Dr. Luis Sáenz Peña.
El exterior de las paredes, que en razón del peso a sostener, tienen 1.80m. en su base y 0.60 cm en el coronamiento, está recubierto en toda su altura (de 21m.) y  perímetro, de cerámicas y ladrillos esmaltados, 300 mil piezas en total, fabricadas en Inglaterra y cada una numerada para su armado in situ, como un gigantesco rompecabezas.

Una sosegada mirada del exterior revela la multiplicidad de formas, tamaños y colores  de estas polícromas  piezas que lo recubren y que conservan intacta su esmaltada superficie. Fachadas, espléndidamente jerarquizas con recurso a  la diversidad en colores, formas y materiales, embellecen cada uno de los frentes de manzana. Hay un juego entre  colores vivos  y pálidos que, además del impacto visual  por su armonía, transmite una sensación  de tranquilidad y distensión. Las cornisas, ornamentos, molduras y escudos (13 provincias más Capital Federal) endentados sólidamente entre sí  ostentan una gran estabilidad.  Ofrece muchas salientes que rompen la uniformidad de los paneles, algunas resaltan como pilastras en color ocre sobre un fondo de tonalidad terracota.  El techado está recubierto con tejuelas de pizarra importadas de Francia. Al edificio lo rodea en todo su perímetro (90m. por lado)  una franja parquizada detrás de una pesada reja de hierro forjado.

El interior del Palacio aloja 12 enormes tanques de agua en tres niveles con una capacidad conjunta de almacenaje de 72.700.000 litros. Un bosque de 180 columnas de hierro,  distantes seis metros entre sí,  los  sostienen.  La estructura es tan sólida que superó sin inconvenientes dos terremotos  que tuvieron repercusión en la ciudad que podrían haber desestabilizado la estructura por le movimiento de las masas de agua.
Un museo, prolijamente instalado, ofrece una visión de la historia de los implementos y artefactos de las instalaciones sanitarias.
En 1987 al cumplirse el centenario del inicio del las obras del Palacio, se lo declaró Monumento Histórico Nacional.
Parafraseando a Vicente Blasco Ibáñez: es un edificio que finge ser palacio y en realidad sólo enmascara un lago. Pero reconocido como el Palacio con identidad más definida de toda la ciudad.

Cien Años de Turismo Argentino