Escribe Omar Bello: Los secretos guardados por Marta Luisa Mazzolini, su novia de toda la vida, aportan pistas sobre el trágico final del hermano de Evita. Amiga confidente. Edith Ysetta, amiga íntima de la novia de Duarte, Marta Mazzolini, y actual propietaria de la casa que le regalara el hermano de Evita. En la foto con un retrato de Evita dedicado.
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El día antes de morir, ‘Juancito’ vino a buscarla a las 12 de la noche para llevársela, pero Marta no quiso dejar a su madre sola. Él le decía que tenía que irse inmediatamente del país, que no podía esperar, que tenía que abandonar el país en ese mismo momento…”. Quien cuenta las dramáticas alternativas de la última noche de Juan Duarte es Edith Ysetta, íntima amiga y confidente de la que fuera la pareja oficial del hermano de Evita; conocida en la ciudad bonaerense de Junín como la novia de “Juancito”.
La película “Ay Juancito” y casi todos los textos que cuentan la agitada biografía de Juan Duarte se encargan de resaltar su perfil de tarambana y amante de la vida licenciosa que incluyen sonados romances; entre los más famosos aquellos que tuvo con las actrices Fanny Navarro y Elina Colomer. Sin embargo, el hombre que apareció muerto nueve meses después del fallecimiento de su mítica hermana, tuvo una novia “eterna” a la que recurrió en busca de ayuda la noche anterior a su muerte. Y no se trató de una especie de “vuelta al nido”. En realidad, a pesar de sus múltiples affaires con figuras del espectáculo y vedettes, que le valieron el apodo de “Lux” (porque nueve de cada diez estrellas salían con él), Juan nunca se separó de Marta; mujer que, a los ojos de Eva, era su verdadera noviecita y futura esposa. Su sobrino, Edgardo Mazzolini, recuerda además que su tía y Evita fueron grandes amigas; todavía tiene grabadas las caricias que, siendo un nene, la mujer de Perón le dedicó en el famoso despacho donde atendía a los necesitados. “Eva era una mujer brava”, desliza al mismo tiempo.
El secreto. Parece que, aún cincuenta años después, todo lo relacionado con la abanderada de los humildes sigue teniendo un sabor agridulce. Las razones por las que Marta permaneció en la oscuridad durante seis décadas son simples: su cerrada negativa a hablar sobre Juan. No sólo se negó sistemáticamente a dar entrevistas, era muy reservada con su propia familia. Tan así fue que no es fácil conseguir un testimonio o una foto de ella. Junín, la ciudad en la que Evita vivió su adolescencia y de la cual partió (junto al cantor de tangos Agustín Magaldi) hacia Buenos Aires, guarda bajo siete llaves muchos misterios relacionados a los Duarte. Edith habló porque, ya fallecida su gran amiga, se sintió liberada y consideró que esa gran historia de amor merecía ser conocida por todos: “La novia de ‘Juancito’, la novia de toda su vida, era muy amiga… A ella, Juan le había hecho el primer chalet de la avenida San Martín (una de las principales de Junín), incluso antes de que el Mayor Alfredo Arrieta, que estaba casado con Elisa, una de las hermanas de Evita, hiciera la avenida”. Edith conoce muy bien ese chalet ya que terminó comprándoselo a Marta: “Marta, muy a su pesar, terminó vendiéndonos esa casa para mudarse a una más chica… Después de la muerte de su madre, esa casa quedó muy grande para ella. Tenía un sótano, incluso, inmenso que daba a la esquina de la terminal de ómnibus, donde antiguamente estaba la estación de trenes. Esa casa tenía muchísimas fotos de Evita. Cuando entré por primera vez me enamoré. Es preciosa, hace poco tiempo se secó el tilo de la vereda, que fue el primer tilo de la avenida. Originalmente tuvo tres frentes, los lotes linderos también fueron de Juancito en un momento. Después se vendieron”.
El sótano. El dato del sótano “inmenso” no es menor, se trataba de una construcción monumental a través de la cual Duarte podía entrar y salir a su antojo sin ser visto, quizá también escapar en caso de que fuera necesario. No era un sótano normal. Muchos viejos pobladores de Junín aseguran que, a partir de la muerte de Evita, las visitas de Juan a la ciudad se fueron espaciando; es probable que el sótano en cuestión tenga bastante que ver con su “desaparición”, ya que le permitía entrar y salir sin ser visto. Eso sí, todos coinciden en que se lo veía muy desmejorado. Esos nueve meses que ‘Juancito’ sobrevivió a su hermana resultaron un verdadero calvario para él. Acorralado por la sífilis, según aseguran sus biógrafos, convertido en un verdadero símbolo de la corrupción justicialista, y rechazado por el propio Perón (era su secretario privado), quien llegó a decir por radio: “Aunque sea mi propio padre irá preso, porque robar al pueblo es traicionar a la Patria”, Juan Duarte entró en una espiral de decadencia imparable.
Claro que la mujer que pudo haberlo salvado tenía otras fidelidades: “Con el tiempo yo le pregunté a ella por qué no se había ido con él si lo había esperado toda la vida. Su respuesta fue que no podía abandonar a su madre de un día para el otro”, asegura Edith. Ahora bien, ¿murió o fue asesinado? Aunque para la historia oficial se trató de un suicidio, el imaginario popular le atribuyó su muerte al General que, hay que decirlo, se vio muy beneficiado por la desaparición del “mi cuñado” más importante de la política nacional. Las confesiones de Marta Luisa Mazzolini son trascendentes porque hablan de un Juan Duarte desesperado, tratando de salir del país lo antes posible, sin siquiera poder esperar unas pocas horas.
Independientemente de que todos los suicidios son misteriosos, la pregunta es: ¿Por qué un hombre que está pensando en matarse viaja trescientos kilómetros para pedirle a su novia que lo acompañe a huir? La imagen de un ‘Juancito’ recorriendo la distancia que separa a Junín de Buenos Aires en busca de su amada no coincide demasiado con el estereotipo del tarambana acabado que se pega un tiro en la soledad de su casa. En una de esas, las palabras que dijo doña Juana, la madre de ambos, en el entierro de su hijo, sean algo más que una metáfora: “¡Asesinos! Me han matado a otro de mis hijos”, gritó frente a todos.
Al hablar con los vecinos de Junín que todavía viven y conocen la historia, es evidente que mucho de lo que se cuenta de la familia Duarte, especialmente de Juan, está tergiversado. Lejos de ser un chico de campo que se encandiló con las luces de la ciudad, ‘Juancito’ era desde muy joven un hombre de mundo que, a pesar de su magros ingresos como corredor de una empresa de jabones, vestía y trataba de vivir a la manera de un dandy; cualidad que se extiende a toda la familia. El repartidor que le llevaba la soda a doña Juana dice que ella lo atendía calzada con unas delicadas pantuflas; accesorio que por esos tiempos era una verdadera excentricidad. “Las Duarte”, así se las llamaba, eran todas mujeres bonitas de las que siempre se recalca lo mismo: vestían muy bien.
Las hipótesis. Edgardo Mazzolini asegura que el día de la muerte de Juan fue terrible para su tía; Marta viajó a Buenos Aires pensando que su novio estaba enfermo, recién al llegar le avisaron del “suicidio”. La existencia de la novia de ‘Juancito’ quedó suspendida en ese preciso momento: “Marta era muy bonita, tenía un cabello platinado hermoso y no se casó nunca…”, sigue Edith. La que alguna vez fue considerada la mujer más bella de Junín, pasó el resto de su extensa vida recordando a su gran amor y, en cierto sentido, acosada por el remordimiento. ¿Qué hubiera pasado si esa noche dejaba todo y se iba con él? ¿Lo hubiera salvado? Se trata de una cruz pesada que no le desearíamos a nuestro peor enemigo.
Si no se suicidó, ¿quién pudo haberlo matado? Las opciones son varias. Desde el mismísimo Perón o alguien de su entorno, hasta sus enemigos que quisieron tirarle un muerto cuando el justicialismo empezaba a decaer, pasando por las complejidades de las conexiones con el nazismo y el arribo al país de algunos de sus personajes notorios; entuerto en los que, según dicen, el hermano de Evita habría estado vinculado.
Lo único concreto es que esa visita nocturna a su verdadero amor pone, por primera vez, un manto de duda real sobre el destino de Juan Duarte; personaje que, igual que su hermana, también sufrió vejaciones después de muerto: Su cadáver fue decapitado por la llamada “Revolución Libertadora”, y su cabeza exhibida a manera de prueba del crimen; la actriz Fanny Navarro habría sido entrevistada con la cabeza de su amante sobre un escritorio; crueldad que la empujó a la locura. Para redondear el perfil novelesco de toda esta saga que forma parte de lo más oscuro y turbio de nuestra historia contemporánea, la bella Marta Luisa Mazzolini, imitando a las heroínas románticas, pidió ser enterrada con una foto de Juan en su cajón. Habían pasado más de cincuenta años y aún lo seguía amando con locura.
Historia
¿Quién mató a Juan Duarte?
El idioma de la infancia
La escuela, el patio, una canción patria, el dulce de leche, Manuelita... primeras postales de la argentinidad. A que cuesta explicar la patria en abstracto? Ustedes, los que viven en ella, están casi obligados a hacerlo en estos días, por culpa del Bicentenario. Se rompen la cabeza para encontrarle una respuesta a dos preguntas: ¿qué es Argentina?, ¿qué es ser argentino? Los números redondos generan la urgencia, falsa, de practicarle un subtotal a la identidad. La patria cumple 200 años y entonces, a las apuradas, ustedes tienen que explicarla, tienen que decir por qué quieren a la patria, por qué vale la pena quererla.
De repente, tienen que trazar la línea del afecto y de la filiación para seguir adelante. Les diré algo: claudiquen. No se rompan la cabeza, dense por vencidos. Los que vivimos fuera del país (y sobre todo, los que tenemos hijos que han nacido fuera de Argentina) hacemos ese esfuerzo vano todos los días -mañana, tarde y noche-, no una vez cada doscientos años. Y nunca llegamos a ninguna conclusión.
Por las mañanas, con cada pregunta infantil, mi hija me hace pensar en el abstracto de la argentinidad. Tengo que explicar la patria en el desayuno, de camino al colegio, con ella de la mano.
-Ser argentino, hija mía, es precioso -le digo-. Si vos vivieras allí ahora, con tus seis añitos, tendrías que ir al cole a las siete treinta AM, que en invierno es todavía noche cerrada; tendrías que ir al cole a veces con cero grados, pisando la escarcha del pasto, y la señorita te haría formar en el patio junto a otros nenitos en estado de coma profundo, y todos cantarían alta en el cielo un águila guerrera, y sentirías el frío de mayo congelándote el purpurado cuello, y así durante los primeros doce inviernos de tu vida, hasta que te entre en el pecho la argentinidad o la neumonía, lo que llegue primero. Ser argentino, hijita, es sentarse en un pupitre y aprender a decir yo, tú, él, nosotros, vosotros, ellos, durante una década entera, y después salir a la calle y no decir Tú ni Vosotros nunca más, ni aunque te fajen.
Ser argentino es tomar mate los primeros cuarenta años de tu vida sin saber por qué; y tomar Uvasal los segundos cuarenta años sin saber por qué. Ser argentino es no encontrar relación entre la mateína y la acidez.
Y por las tardes, durante la merienda infantil, mi hija me hace plantear otra vez el problema de la argentinidad. No una vez cada doscientos años: cada tarde.
-¿Qué estas comiendo, hija mía? -le pregunto- ¿Por qué no le estás poniendo dulce de leche a esa banana, a ese pan con manteca, a ese pedazo de queso, a esa torta de coco, a ese yogur, a ese flancito? ¿Por qué no le estás poniendo dulce de leche a todo, hija, me querés matar de un disgusto? Ser argentino es ponerle dulce de leche a lo frío. Ponerle queso rallado a lo caliente. Ponerle limón a lo frito. Ponerle cara de asco a lo hervido. Eso es ser argentino, hija mía. Andá a buscar el dulce de leche antes de que me ponga violento.
Y por las noches, cuando escuchamos canciones infantiles antes de dormir, cuando ella me pregunta "¿otra vez Manuelita"?, que es su forma de preguntar "¿por qué soy argentina?", ensayo otra vez mis respuestas bicentenarias:
-Ahora tenés seis años, pero después, un día, vas a tener veinte. Y entonces podrás descubrir las "otras" canciones de María Elena Walsh. No. No quiero decir que te vas a olvidar de Manuelita, o del Twist del Mono Liso o de la Reina Batata.
Eso es imposible: las vas a tener en la cabeza siempre y te van a hacer feliz toda la vida. Porque eso es argentinidad. Pero más adelante estarás en edad de conocer las otras canciones. Cuando seas grande será hora de que esa mujer deje de ser, en tu cabeza, la que canta cosas para chicos, y empiece a ser la representación de la dignidad.
Vas a empezar por "Serenata para la tierra de uno". Y si la letra de esa canción te hace llorar justo en el verso que dice "porque el idioma de infancia es un secreto entre los dos", si justo ahí empezás a llorar y a sospechar que María Elena hablaba de vos y de mí, de un padre y de una hija, es porque ya serás argentina para siempre, aunque hayas nacido en otra parte.
Cuando mi hija se duerme yo también me acuesto. Y no una vez cada doscientos años, sino cada noche, pienso en el día en que ya no estemos juntos. En el día que sea ella sola en el mundo.
Y a veces escribo en secreto unas palabras más, para que ella lea cuando yo no esté:
-Papi nació en un lugar maravilloso -dice esa carta secreta-. Si escuchás en la tele otra cosa, es mentira. Papi nació en un país al que nunca le fueron bien las cosas, pero que huele a tierra mojada y en el que, mires para donde mires, siempre hay algo que es verde y alguien que es tu amigo.
Hacele acordar a mamá, todos los días, que querés pasar un mes al año en ese lugar que hoy cumple doscientos años. Si te dice este verano no, volvé a insistir. Si es necesario llorale una noche entera, pero no dejes de ir nunca, porque también naciste allá.
El cuerpo nace en un único lugar, pero el corazón puede nacer en dos, hija; por eso existe la frase "se me parte el corazón". No creas en lo que dicen los DNI, ni el tuyo ni el de nadie. Los que anotan fechas y ciudades en los documentos no saben nada.
Y si los chicos de tu colegio te preguntan por qué vas cada verano al culo del mundo, vos deciles: "Porque quiero estar completa".
Hernán Casciari
Ellas escribieron gran parte de la historia
Las versiones del poder hegemónico tiene olvidados: los vencidos y las etnias y grupos discriminados. Pero también silencia a las mujeres. Recordemos a algunas que nos hicieron posibles.
Juana Azurduy no nació en Argentina sino en la Bolivia de 1780, cuando ambos países eran colonias. Nació el mismo año en que Tupac Amaru lanzó su revolución indígena contra el poder español. Azurduy fue líder de los ejércitos populares de la independencia del Alto Perú. Fue nombrada teniente coronel del Ejército Argentino a pedido de Manuel Belgrano. En julio de 2009, la presidenta argentina, Cristina Fernández, la rescató de cierto olvido y la ascendió post mortem a general de nuestro Ejército.
El triste final de los hombres de Mayo
La mayoría de los miembros de la Primera Junta de Gobierno, que el 25 de Mayo de 1810 iniciaron el proceso de la emancipación nacional, tuvieron un final en el ostracismo, sin el reconocimiento de sus conciudadanos. Cornelio Saavedra, Juan José Castelli, Manuel Belgrano, Mariano Moreno, Manuel Alberti, Domingo Matheu, Juan Larrea, Juan José Paso y Miguel Azcuénaga, pagaron en momento con sus vidas y haciendas el habernos liberado.
Un ejemplo de ello fue su presidente, Cornelio Saavedra. Tras ser desplazado en 1811, es procesado y debe exilarse en Chile hasta el año 1815. Durante este período, pierde su fortuna, amasada antes de las invasiones inglesas como comerciante con el Alto Perú. Vuelto a Buenos Aires, recién en 1818 consigue que Juan Martín de Pueyrredón, como director supremo, le reconozca el grado militar. En 1822 se acoge a la ley de retiro y en 1825 ofrece sus servicios para la guerra con Brasil, que no son aceptados por su avanzada edad. Pasa sus últimos años en la estancia de la familia ubicada en Zárate, donde fallece el 29 de marzo de 1829, luego de sufrir dificultades espirituales y económicas.
Juan José Castelli es enviado por la Primera Junta como delegado en la expedición militar al Alto Perú, que es derrotada en la batalla de Huaqui, el 20 de junio de 1811. Vuelve a Buenos Aires, donde es sometido a un lento proceso. El gobierno le adeudaba sus sueldos atrasados y en el Alto Perú había gastado toda su fortuna. Atacado por un cáncer en la lengua, muere en prisión el 12 de octubre de 1812.
El final de Manuel Belgrano es más conocido. Después de la sublevación del Ejército del Norte en la posta de Arequito, Belgrano, que lo comandaba, emprende viaje a Córdoba acompañado de su médico -ya estaba enfermo-, de su secretario y de sus ayudantes. Después de una breve pausa motivada por la falta de recursos, obtiene un préstamo de 400 pesos, con lo cual llega a Buenos Aires a fines de 1820. Después de permanecer unos días en una quinta de San Isidro, pasa a una vieja casona de la actual avenida Belgrano. Allí su vida se apaga lentamente, mientras lo visitan diariamente los religiosos del vecino convento. Deja de existir el 20 de junio.
La muerte de Moreno también es conocida. El 22 de enero de 1811 se embarca en la goleta Misteloe, en viaje rumbo a Europa, para cumplir una misión diplomática encomendada por la Junta (controlada en ese momento por sus adversarios políticos). Dos días después, trasborda a la goleta Fama, donde lo esperan su hermano Manuel y Tomás Guido, que oficiaban de secretarios de la misión. La navegación es lenta y la salud de Moreno comienza a declinar. Sus acompañantes piden al capitán que desvíe el rumbo hacia Río de Janeiro o Ciudad del Cabo, para tratarlo, porque no había médico a bordo, pero éste se niega. Con desconocimiento de Manuel Moreno y Guido, el capitán suministra al enfermo un emético que agrava su estado de salud vertiginosamente. Fallece en alta mar, el 4 de marzo de ese año.
El sacerdote Manuel Alberti es el primer miembro de la Primera Junta en morir. La incorporación de los diputados del interior, constituyendo la Junta Grande, precipita la salida de Moreno y la muerte de Alberti, quien también fue separado de la Primera Junta. Este se enfrasca en acaloradas discusiones con el Deán Funes, su rival político. De regreso de una gran disputa en el Fuerte, Alberti muere sorpresivamente de un síncope el 31 de enero de 1811.
Domingo Matheu cumple algunas funciones durante el período de la Independencia, como comisario de vestuarios y como oficial del Regimiento de Infantería del Orden. Renuncia a sus cargos en 1821, afectado por una enfermedad. Fallece el 28 de marzo de 1831, recluido en su hogar de la calle Florida de Buenos Aires.
El otro español de la Primera Junta, Juan Larrea, pierde su fortuna durante el período de la independencia, logrando rehacerla en los años posteriores. Pero con el advenimiento de Rosas, éste hace lo necesario para que el almacén naviero de Larrea sea llevado a la ruina, cargándolo de impuestos y multas. Tras varias peripecias comerciales, algunas en Buenos Aires y otras en Montevideo, pobre y abatido por amargas decepciones y sufrimientos, se suicida el 20 de junio de 1847 en un momento de desesperación.
Juan José Paso es el único miembro de la Primera Junta que mantiene una actuación constante en la vida política. Miembro del Primero y el Segundo Triunvirato, representante en la Asamblea del año XIII, congresal en Tucumán al declararse la independencia, integra también el Congreso reunido en el año 1824, es elegido para integrar la legislatura que debía reunirse a consecuencia de la Convención de Cañuelas y es nombrado para formar parte del Senado Consultivo que acompaña al gobernador Viamonte. Anciano y soltero, fallece en Buenos Aires el 10 de septiembre de 1833, sin dejar testamento.
Miguel de Azcuénaga también tuvo una participación bastante prolongada en la política. En 1817 es jefe interino del Estado Mayor del Ejército y en 1824 miembro del Congreso constituyente. Es elegido diputado para la Legislatura de Buenos Aires en 1831 y 1832. Fallece el 19 de diciembre de 1833, casi octogenario, en su casa de campo de Olivos, construida por Prilidiano Pueyrredón frente al Río de la Plata, lugar que hoy ocupa la residencia presidencial. Alberti, Moreno y Castelli murieron en los primeros años del proceso emancipador, y Belgrano, cuando el país se precipitaba a la anarquía. La desaparición de Saavedra, Matheu y de Paso tiene lugar cuando se inicia el período rosista, mientras que Larrea y Azcuénaga desaparecen hacia los últimos años de esa etapa.
La mayoría de ellos no gozó de reconocimiento público en vida y dejó de existir en la pobreza, habiendo invertido sus recursos en la gesta emancipadora.
Este recuerdo de cómo terminaron su días los miembros del primer gobierno patrio muestra cómo fue concebido dos siglos atrás el servicio público: más como un sacrificio y un deber, antes que un medio para prestigiarse o enriquecerse, como a veces sucede hoy en la Argentina.
Rosendo Fraga
¿Qué es ser argentino?
Pregunta difícil de responder. Por suerte somos argentinos muy distintos, lo que nos permite deducir que somos seres pensantes, críticos, sentimentales, orgullosos, descreidos y muchas cosas más. Hoy responden a esta pregunta cuarenta y un argentinos normales, desconocidos, pero cada uno tiene su definición de nacionalidad y todas son válidas. ¿Vos te preguntaste ¿qué es ser argentino?. Hacelo y preguntale a tus amigos y familiares. Comprobás cuantas manera sdistintas hay de sentirse argentino.¡Qué lindo!
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