BOLETÍN ARGENTINO

Primer Boletín de Noticias de los Argentinos en el mundo - Redactor: Osvaldo Parrondo - Contacto: oparrondo@telefonica.net

Miércoles, 10 de marzo de 2010

Desafío del Bicentenario

La celebración del Bicentenario de la Revolución de Mayo constituye una oportunidad inigualable de cara a nuestro futuro común como Nación. Efectivamente, la revolución es un hecho del pasado, pero también –y no en menor medida– un dador de sentido de nuestro presente y futuro.

Por ello, la revolución es un terreno de disputa con alto potencial político. En dicha disputa se juega nada más ni nada menos que nuestra capacidad para lograr grandes acuerdos en torno a una identidad y a un proyecto estratégico de país para el siglo XXI: una Nación moderna, un país independiente, un Estado fuerte, una sociedad próspera.

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El petróleo en Malvinas, no es ninguna novedad

El gobierno argentino sabe –y el conjunto de la sociedad argentina debería tenerlo presente, esté del lado que esté en términos de política doméstica- que entre las razones estratégico coloniales del Reino Unidos la más importante es la portentosa riqueza energética que subyace bajos las aguas de nuestro Atlántico Sur.

Lo decía y demostraba con contundencia el académico Adolfo Silenzi de Stagni, hace más de 30 años en sus clases de la Universidad de Buenos Aires, y lo recordó el jueves pasado el diario Página 12, en un artículo firmado por Federico Bernal, del cual es útil reproducir algunos párrafos.

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El petróleo argentino, Menem y Kirchner

-¿Qué evaluación hacen en Proyecto Sur de la política hidrocarburífera del kirchnerismo luego de más de seis años de gobierno?

Nosotros,  creemos que hay una política Kirchner-menemista, es decir, que es una misma política, pero que en algunos sectores ha sido más consolidada con el kirchnerismo, ha sido más avanzada en la entrega y el saqueo que el menemismo. Por ejemplo, con las prórrogas que se firmaron en Loma de la Lata, en el 2000 -con De la Rúa-, y en 2008 en Cerro Dragón. La continuación de prórrogas está mostrando que se está de acuerdo con la política menemista, y no hay ninguna intención de cambiarla.

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Abuelas identificaron al nieto 101

"Tener un hijo desaparecido es como tener un agujero en el alma".
Francisco Madariaga, el hijo de una mujer desaparecida durante la dictadura argentina que a sus 32 años ha recuperado su identidad y se ha podido reencontrar con su padre, aseguró  que se siente feliz por sacarse el gran vacío que tenía en su interior y porque "no hay nada más lindo que tener identidad". Después de 32 años "oscuros, feos", en los que sufrió agresiones físicas por parte del ex oficial de Inteligencia del Ejército Víctor Gallo, que ejerció como su padre, Francisco pudo dejar de ser "como un fantasma" y empezar a vivir "feliz, con amor, con contención", afirmó.

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Tucumán: Plan secreto del ejército contra el pueblo

El polémico decreto de Isabel de Perón no ordenó aniquilar a los guerrilleros sino dejarlos sin su capacidad operativa.
La especialista en legislación militar, Mirtha Mantaras, echó por tierras los argumentos de los represores y aseguró que el Ejército tenía un plan que no tenía que ver con la defensa nacional sino con atacar a su propio pueblo. “El objetivo no era la guerrilla sino hacer un cambio radical económico y político".


Así, el plan del Ejército fue una radiografía del golpe de Estado del ‘76, con el día D y la hora H”, señaló ante la mirada molesta del ex gobernador de facto Antonio Domingo Bussi y sus ex subordinados, sentados en el banquillo de los acusados.

También aclaró que el polémico decreto de Isabel de Perón no ordenó aniquilar a los guerrilleros sino dejarlos sin su capacidad operativa. Mantaras, quien cubrió como periodista especializada el histórico juicio a las Juntas Militares (en 1985), fue la primera testigo en declarar ayer en el juicio oral y público.

Como si hubiese dado cátedra a los jueces del Tribunal Oral y a los abogados tanto querellantes como defensores de los represores, la experta en legislación militar Mirtha Mantaras detalló ayer cómo se gestó el Operativo Independencia y de qué manera el Ejército, fuera de sus propios reglamentos, armó un plan secreto para cumplir con un objetivo, que no era -según la especialista- eliminar la guerrilla, sino adueñarse del poder.

“El plan del Ejército fue una radiografía del golpe de Estado del ’76, con el día D y la hora H”, lanzó entre sus afirmaciones más categóricas, ante la mirada atónita del ex gobernador de facto Antonio Domingo Bussi y sus ex subordinados, sentados en el banquillo de los acusados por los crímenes de lesa humanidad cometidos contra 22 víctimas en la ex Jefatura de Policía durante los años sangrientos de la última dictadura.

La abogada vino desde Capital Federal fue la primera testigo que declaró ayer frente al Tribunal Oral, propuesta por la querellante Laura Figueroa.

En su extensa trayectoria, precisó que cubrió como periodista especializada el histórico juicio a las Juntas Militares (en 1985) y declaró ante el juez español Baltasar Garzón en diversas causas de lesa humanidad. De esta manera, Mantaras aportó conceptos clave y especializados sobre la legislación y organización militar.

Sobre el polémico decreto 261/75, que fue firmado, –según la experta- en un clima de presión creado por los empresarios y la Triple A, por la ex presidenta María Estela Martínez de Perón, aclaró que no ordenó aniquilar a los guerrilleros sino dejarlos sin su capacidad operativa.

“En el Juicio a las Juntas (la llamada Causa 13/84), los jefes militares y ex ministros coincidieron en que no se había mandado a aniquilar en el sentido de eliminar sino en parar la actividad”, subrayó. Así, para la especialista en ese debate histórico quedó claro que no hubo una guerra.

En ese contexto, una vez creados los decretos reglamentarios, sostuvo que las Fuerzas Armadas empezaron a tomar directivas que no pasaban por el Consejo de Seguridad Interno, presidido por Martínez de Perón.

“El objetivo no era la guerrilla sino hacer un cambio radical económico y político. Con ver el reglamento militar uno toma noción de cuál era el objetivo”, insistió y luego agregó que por ello el temor más grande de los militares fue la resistencia civil.

A esto agregó, que en ese entonces, Isabel de Perón ya había adelantado las elecciones para octubre de 1976, pero en vez de campañas electores, los militares se dedicaban a consumar el golpe de Estado.

La autora del libro “Genocidio en Argentina” (editado en 2005) también reprodujo dichos del general Acdel Vilas, el primer jefe del Operativo Independencia, en el marco de una declaración en una causa abierta en Bahía Blanca y de escritos en su diario (publicados en Internet, según la testigo) que destierran algunas creencias populares de lo que había sucedido en ese entonces.

“Vilas nunca fue al monte, ese es un mito inexistente. Vilas se dedicó a hacer Inteligencia, le importaba actuar en la ciudad porque el objetivo era accionar sicológicamente sobre la población”, lanzó.

“En Bahía Blanca, Vilas quiso demostrar que había luchado con los reglamentos pero terminó develando un plan que sólo conocían 50 oficiales y que no tenía que ver con la defensa nacional sino con atacar a su propio pueblo.

Y no fue solo un ataque para sembrar el terror sino también de humillación, volteaban al piso al hombre de la casa, manoseaban a las mujeres y se llevaban a las chicas jóvenes”, recordó.

Hoy, Vilas tiene problemas de salud mental y vive recluido en una vivienda de la zona norte del Gran Buenos Aires.

Desde su lugar de testigo, Mantaras dejó en claro que el eje militar era la labor de inteligencia, cargado de un accionar psicológico que tenía como blanco la población.

“Para ello se adoptó la doctrina francesa, que tenía la tortura como método y la división del país en diversas zonas de operaciones. Este fue un accionar cívico-militar como si fuera una bicicleta conducida en forma conjunta”, explicó en las casi dos horas que expuso ante el Tribunal Oral Federal.

Bussi salió al cruce de la abogada

Después de escuchar a la experta en derecho militar Mirtha Mantaras, el ex gobernador de facto Antonio Domingo Bussi no ocultó su malestar y quiso retrucarla preguntándole irónicamente si estuvo en Tucumán entre 1975 y 1976, cuando sucedieron los hechos que hoy son juzgados. Ante la insistencia del militar retirado, la abogada respondió que tomaba sus preguntas como una provocación y le pidió al Tribunal Oral que terminase su testimonio.

Antes, los abogados defensores Edgardo Berttini, Roberto Flores, Ezequiel Avila Gallo, Eduardo Brandán y Horacio Guerinau, también quisieron, cada uno por su lado, retrucar a la especialista, pero ninguno pudo lograr su objetivo.

Argenpress.Info

Dos siglos con una casa dividida

Escribe: Gregorio A. Caro FigueroaTendremos que admitirlo con dolor y sin rodeos: durante la mayor parte de los dos siglos que conmemoramos, la Argentina fue una casa dividida. Lo sigue siendo. Nuestras antiguas disensiones, discordias y fisuras no desaparecieron: mutaron, adquirieron nuevos rasgos y aún permanecen abiertas como llagas.
No parecemos dispuestos a reconocer un pasado y un destino común ni aún en el momento en que vamos a celebrar nuestra mayoría de edad como país. Preocupa que no podamos ponernos de acuerdo en un balance de la herencia recibida ni en una visión de país compartida. Es grave que tampoco podamos coincidir en pequeños detalles.

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Defender Las Malvinas, no es posible sin defender todo el país

No se puede defender y ser soberano por partes, como no se puede ser progresista en la política internacional, si no se es consecuentemente progresista en la implementación de las políticas nacionales.
Que los británicos, sus gobiernos y empresas multinacionales son “piratas del mundo” no es un descubrimiento del Siglo XXI.
Que los gobiernos del primer mundo, que representan del 20 al 25% de la población total del planeta, consumen el 80% de la energía que se produce en el mismo, no es novedad.
Que muchos de ellos, como EEUU e Inglaterra, son capaces de invadir, desatar guerras, matar, desestabilizar gobiernos, en procura de obtener los recursos energéticos que no tienen, con tal de preservar su modelo de vida, basado en el consumismo y en la súper explotación de sus dominios, tampoco es una novedad.

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Los enfermos de miedo y de esperanza

El autor reconoce un cambio en las consultas actuales en salud mental. Pero considera que la ansiedad, el pánico o el agobio que predominan no constituyen “nuevas patologías”, sino respuestas a una realidad global en cuyo eje están el miedo, manipulado desde el poder, y la esperanza malsana que lleva a los fundamentalismos.

En los últimos años, un cambio significativo se observa en las consultas en los servicios de salud mental. Para algunos profesionales –adheridos demasiado ingenuamente a los postulados nosográficos de su disciplina– se trata de “nuevas patologías”; para otros, más adheridos a los intereses de la industria de los medicamentos, se trata de nuevas entidades clínicas que el “avance de la investigación farmacológica” ha descubierto. Para quienes tratamos de comprender estos modos del sufrimiento mental desde un psicoanálisis crítico y de las experiencias comunitarias de salud mental, se nos plantea un interrogante: qué tienen en común estos trastornos, qué relación guardan con el contexto cultural y social y, dada su frecuencia, qué expresan de los modos de la vida social actual.

Muchas de estas personas consultan por estados continuos de ansiedad que perturban sus días y sus noches; hablan de situaciones persecutorias en sus empleos, de incertidumbres e inseguridad en sus relaciones de pareja, de vicisitudes de adaptación por migraciones impuestas o voluntarias (“trastornos de ansiedad”, dice el nomenclador). Otras piden atención por crisis de angustia, repetidas, que los sorprenden y alteran el transcurrir de sus tareas, sus salidas a la calle (y al mundo), obligándolas a resguardarse, cuando la tienen, en la seguridad de sus relaciones cercanas y familiares (“ataque de pánico”, dice esta vez el nomenclador). Otras llegan a la consulta agobiadas con su vida, con un dolor que no se reduce a algún conflicto identificado: su astenia durante el día, que hace penosa cada actividad, se prolonga en noches de insomnio (“depresiones reactivas”, dice en este caso el nomenclador; “nueva amenaza epidemiológica”, dice la OMS, ante la magnitud de su incidencia). Otras padecen una suerte de extrañamiento del ámbito en que se desarrolla su vida; tienen dificultades para hilvanar su pensamiento, su mundo afectivo y mental es disperso y les es difícil entender y narrar su padecimiento (“trastornos de personalidad”, “borderline”).

A esta lista incompleta, sólo indicativa, se agregan las víctimas de violencia familiar –entre 20 y 30 % de las consultas en servicios de salud y salud mental–, los que consumen drogas –nueva población expuesta a un encierro semejante al sufrido en los manicomios–, los que necesitan del alcohol para soportar una vida a la cual ya no dominan –el mayor problema, de lejos, en las adicciones actuales–. Como un amigo suele decir: cuando alguien necesita un pañuelo para su llanto, siempre hay un fabricante de pañuelos que se alegra de ese sufrimiento. En este caso, la industria de psicofármacos –en la parte legal del consumo– y la de los narcotraficantes –en la ilegal– son altamente beneficiados por estos nuevos dolores del alma. Si escuchamos bien a estas personas, descubrimos siempre una ausencia de proyecto, una amenaza al futuro, un riesgo en el presente, una incertidumbre sobre el devenir de sus relaciones de empleo, de pareja, de residencia, de su economía. Vale entonces ocuparnos de las dos pasiones ligadas al futuro, el miedo y la esperanza, para entender su presencia actual en la vida de todos o, mejor dicho, de casi todos.

Nos son conocidas las pasiones que ligan al hombre con su pasado: el resentimiento, la nostalgia, el rencor, que explican en quienes lo padecen sus dificultades con el presente. Son pasiones diferentes de las que provienen del presente, cuya inmediata certeza nos produce tristeza, dolor, alegría, odio, amor o placer. Suelen ser menos reconocidas las pasiones que nos dominan con relación al futuro: el miedo y la esperanza. El miedo es esa angustia provocada por algo incierto o amenazante, algo extraño que puede alterar nuestro presente, ya que parece anunciar un mal inevitable. Al miedo subyace siempre la amenaza de la aniquilación y de la muerte. En oposición, la esperanza consiste en esa alegría o placer de imaginar, sobre lo incierto del futuro, el anhelo de algo mejor que el presente; tiene siempre un sentido de promesa y, respecto de la vida y su finitud, un sentido de salvación. Ambos, miedo y esperanza, son resistentes a la voluntad o a los argumentos de la razón, y por eso suelen ser incontrolables para el hombre. Esto mismo hace que sean pasiones contagiosas: pasan fácilmente de un individuo a otro y constituyen el afecto principal que liga a los grupos y a las masas. Se oponen a la calma del sabio, basada en la reflexión, en la serenidad de la razón individual.

Tanto el miedo como la esperanza debilitan la experiencia del presente, y también el ánimo y la pasión por lo actual; tienden a expulsar al individuo de su experiencia y de su acción sobre sus semejantes. Por eso, el miedo es desde siempre un eje de la política, y la esperanza es un dominio de las religiones. El hecho de que sean comunes a todos los hombres, presentándose como amenazas o promesas que afectan la vida de cada uno, contribuye a orientar las voluntades, de manera constructiva en la esperanza y de manera sediciosa, amenazante, en el miedo. La filosofía clásica ya conocía el papel eminentemente político del miedo y, en menor medida, de la esperanza, en cuanto a los mecanismos de la práctica cotidiana de gobierno y de la psicología de las multitudes. Maquiavelo fue quien ejemplarmente mostró cómo es el príncipe quien debe saber producir y dirigir estas pasiones.

El miedo y la esperanza dominan el cuerpo, la mente y la imaginación de los individuos, dejándolos a merced de la incertidumbre y así predisponiéndolos a la renuncia y a la pasividad en su presente. Spinoza, en su Tratado teológico político, alertaba sobre la necesidad de combatir al miedo –en cuanto pasión hostil a la razón– y a la esperanza –que representa una fuga del mundo presente–, en tanto medios para obtener la resignación y la obediencia. En la Etica señala que se debe resistir la promesa religiosa de un más allá de la muerte, cuyo fin es sólo justificar la resignación y la obediencia en el presente. La libertad del hombre, su capacidad activa de elegir y decidir sobre su realidad, depende de su resistencia al miedo y de su rechazo a la promesa de la esperanza. En el segundo Fausto, Goethe dice: “Entre los mayores enemigos de los hombres, dos, Miedo y Esperanza, en cadenas de consorcio civil yo los segrego”. En una perspectiva opuesta, Hobbes postula que el gobierno y la razón de Estado necesitan del miedo de las masas para evitar la recaída en el infierno social de la violencia y del estado de naturaleza (el “hombre lobo del hombre”, su conocida fórmula); tiene claro que los hombres aspiran a su libertad de todo poder y especialmente de la razón de Estado.
Fundamentalismos

El miedo es un instrumento de la política. En el extremo del pánico, el miedo se muestra como el gran desorganizador del grupo o la masa; frente a él cada individuo asume por sí mismo su supervivencia. Está claro que el futuro de la sociedad y, más aún, el futuro de cada individuo, es la esencia de la política: en la política, como constructora del futuro, se juegan siempre las amenazas o las promesas. De Maquiavelo en adelante, ningún político se abstiene del uso político del miedo y la esperanza. Ejemplos actuales: el uso de la amenaza del futuro sobre el cual se propone la aceptación del presente –flexibilización laboral o riesgo de desocupación–, o la esperanza de salvación para quien acepte resignar las necesidades del presente –bajar los salarios porque hay crisis, callar la protesta para asegurar la paz–.

Pero el valor de la esperanza no es sólo patrimonio de las religiones. También lo es de quienes tenemos el sueño de la igualdad. La esperanza de un futuro mejor, diferente del presente, genera solidaridad, unión bajo el sentimiento activo de que es posible actuar sobre la realidad actual. La igualdad ha sido el sueño de todas las revoluciones: tiene el sentido de una ilusión, de imaginar otra realidad posible y de buscar lograrla activamente. Esta ilusión, cercana a la utopía, es un llamado a la solidaridad para transformar el presente ahora, es decir, comprender lo actual para proyectar en conjunto un futuro diferente. Se opone a la utilización de la religión como propuesta de un más allá en el que todos seremos merecedores del cielo y la paz, iguales ante Dios, separados de los malos, que sufrirán el destino del infierno. Se trata, en cambio, de pasar del estado de muchedumbre, compuesta por individuos aislados, al grupo solidario que actúa enfrentando el miedo para construir un futuro diferente. Por eso la solidaridad es política activa, es la esperanza puesta en el valor del hombre para construir su futuro.

Freud, criticando las ideas de Gustav Le Bon, señalaba cómo el padre interviene en el lazo social, prolongado en la función del líder o jefe como aglutinador, que, provocando, la unión solidaria de los hermanos vence al terror. Vale recordar a Montesquieu: “Los regímenes despóticos producen individuos completamente separados entre sí, o, lo que es lo mismo, mantenidos juntos por la fuerza repulsiva de pasiones que los aíslan (la avaricia, la competencia, el deseo de sobrevivir a los otros), impidiendo toda confianza y solidaridad recíprocas, de-sagregando a los ciudadanos a súbditos y generando así la más completa, fatalista y vil pasividad política, apenas interrumpida por alguna esporádica, rabiosa y fugaz llamarada de rebelión”. En oposición a esto, Maquiavelo se preguntaba si la sola dimensión laica, sin miedo y sin esperanza, puede sostener la política y la vida de los Estados.

En Los orígenes del fundamentalismo en el judaísmo, el cristianismo y el Islam, de Karen Armstrong (ed. Tusquets, Barcelona 2000), visualizamos la expresión clara del retorno del miedo y la esperanza como política para aglutinar, masificar, configurando una realidad paralizante. El sueño de la igualdad tiende a opacarse en nuestro mundo. Este requiere de la solidaridad: unirnos, no para el mito o el culto, sino para la acción de transformar la realidad. En esto es esencial ejercer una razón crítica sobre el presente. Sólo este comprender crítico permite una acción que no esté guiada por el miedo ni por la promesa mítica de un “más allá”, sino por la razón y el deseo de transformar, construir la realidad. Esto puede dar como resultado un cambio de los actores y del poder de decidir sobre la existencia de cada uno y del conjunto.

En Estados Unidos, uno de cada 136 habitantes está detenido en cárceles o institutos penitenciarios: cuatro millones en total. El miedo es global y responde a diversos motivos. Quince millones de mexicanos viven escondidos en Estados Unidos, pese al muro construido para impedir su ingreso, de 1200 kilómetros de largo, con 1800 torres de observación provistas de policías armados. La ONU cuenta 200 millones de refugiados en el mundo, escapando de guerras y pobrezas extremas. Cerca de nosotros, hay un mundo de barrios cerrados, villas miseria, nuevos guetos. Hay excluidos de la sociedad, custodiados como criminales, pero están también los que voluntariamente buscan estar custodiados en barrios cerrados, en “edificios con seguridad”, countries, etcétera.

Pero también podemos sumar a los que viven encerrados en sus empleos por horarios que no dominan (por ejemplo, la flexibilización laboral y la extensión horaria aprobadas por el Parlamento Europeo). A todos, el miedo los convierte en presos: por amenaza del desempleo, por la violencia, por el hambre, por la emigración, por la ilusión de la seguridad. El mundo actual está compuesto por productores, consumidores y excluidos. Como los criminales presos, quienes estamos presos en este mundo global amenazante nunca aceptamos este presente como definitivo; la mayor parte mantiene su anhelo de libertad, de poder elegir y decidir, pero muchos, por diversas debilidades y desventajas sociales, son víctimas personales del pánico y la angustia crónica.

Este mundo del miedo no es natural ni espontáneo. Por vía del consumismo, que requiere una cultura del individualismo, se trata de mantenernos aislados, como en las cárceles se mantiene a los presos en celdas individuales, para evitar que la idea de un futuro en común nos pueda volcar juntos a la resistencia. Esto no es espontáneo. La globalización económica impuso aislarnos del territorio –migraciones masivas–, de la vida en común –competencia y desconfianza–, de la historia compartida; y, especialmente por las políticas mediáticas, procura evitar que imaginemos un futuro o un proyecto en común. Este encierro masivo hace que la vida urbana se acerque a la de la cárcel o el manicomio: conflictos y lucha entre vecinos o antiguos compañeros, pobres atacando a otros pobres, de-sempleados luchando contra empleados, especialmente si son inmigrantes, aun en la pareja amorosa desconfianza y cuidado de no comprometer bienes y futuro.

Si prestamos atención, veremos cómo los medios a través de mensajes presentados como noticias nos dicen que la vida es insegura, insisten en lo incierto de la economía, en los riesgos de epidemias, crisis energética, catástrofes naturales, amenazas del futuro cuyo contenido ficcional se oculta. Lo eficaz es generar el miedo y lograr su capacidad de mantenernos aislados.

No olvidemos que el miedo es la pasión que más fácilmente se erotiza: esta cualidad hace que se potencie y se contagie entre los individuos. Esas operaciones mediáticas son exitosas, mantienen su eficacia haciéndonos creer que la prioridad para cada uno de nosotros es tomar medidas destinadas a nuestra seguridad personal; nos convencen de que nuestra situación ante los riesgos y amenazas del futuro depende de lo que pueda hacer cada uno, no del destino en común.

Debemos reconocer que el miedo está instalado en nuestras sociedades. Los políticos lo utilizarán luego, según la ética de cada uno. La esperanza, su correlato opuesto, avanza al mismo ritmo. Recrudecen en el mundo los fundamentalismos religiosos, de todas las religiones, pero en esta versión moderna con una violencia inesperada. El judaísmo, en su historia, no contaba la violencia y la dominación de otros pueblos, y hoy hay tres generaciones nacidas en campos de palestinos consecuencia de la expansión del Estado de Israel. El islamismo, religión de la paz, hoy llega expresarse en autoinmolaciones y terrorismo. El cristianismo, especialmente en sus variantes evangélicas, sostiene las nuevas guerras de la dominación económica, como es el caso del Partido Republicano en Estados Unidos en la era Bush.

¿Será posible preservar lo humano, la solidaridad, la libertad, la justicia, el anhelo de construir un futuro común, por fuera de las amenazas políticas y de las promesas religiosas que nos rodean? Vale recordar a Merleau-Ponty, que, en la posguerra, escribió: “Una sociedad no es el templo de los valores-ídolos que figuran al frente de sus monumentos o en sus textos constitucionales; una sociedad vale lo que valen en ella las relaciones del hombre con el hombre. Para conocer y juzgar una sociedad es preciso llegar hasta su sustancia profunda, el lazo humano del cual está hecha y que depende sin duda de las relaciones jurídicas, pero también de las formas del trabajo, de la manera de amar, de vivir y de morir”.

La dimensión del miedo y la esperanza, en nuestro tiempo, está en el centro de muchos de los sufrimientos mentales que atendemos. Hubo tiempos en que dominó la nostalgia, como en el siglo XIX lo expresó el romanticismo. Freud, no del todo ajeno a ese movimiento, nos enseñó a reconocer las pasiones que sujetan al hombre a su pasado y dificultan su presente; sólo tangencialmente aludió al miedo y criticó la esperanza como ilusión religiosa. A nosotros nos toca hoy comprender las pasiones ligadas al futuro: éstas, como el miedo o el pánico, afectan y condicionan el presente de muchos, especialmente de aquellos que, refugiados en el individualismo, no logran comprender las razones de sus malestares. Un nuevo recrudecer del objetivismo, esta vez por vía del consumo y el mercado, lleva a que el otro, cualquier otro, pueda devenir y ser tratado como un objeto más; el individualismo ayuda a que cada uno sólo valga por su uso. Todo esto, con la dimensión de estar sustraído a la conciencia, ¿no es motivo suficiente para explicar mucho de la angustia actual como padecimiento dominante?

Por Emiliano Galende
* Extractado del trabajo “La angustia, el miedo y la esperanza”, cuya versión completa puede leerse en www.topia.com.ar.

¿Somos demasiados?

Sumaremos 7.000 millones de habitantes en 2012 y 9.000 en 2050 - El problema no es la fecundidad, que ya se está frenando, sino la fatal distribución de recursos
La gravedad de la crisis alimentaria, el aumento inusitado en la población de los países menos desarrollados y los efectos del cambio climático son algunas razones para repetir la misma frase: "Somos demasiados". Y seremos más. En 2012, la población mundial alcanzará los 7.000 millones de personas. En 2050, la Tierra albergará a 9.100 millones. La gran mayoría de los nuevos habitantes vivirán en países pobres.

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