Las primeras navidades que recuerdo -debía tener entre cinco a siete años, ¬se pierden entre una nebulosa de afec¬tos y emociones. Éramos, como la mayoría en mi barrio, una familia numerosa y como la totalidad, pobres. El núcleo estaba formado por una pareja muy unida y luchadora que se quería, rodeada de muchos hijos, tíos, primos y viejos vecinos del pequeño pueblo de la Asturias lejana. En torno nuestro, decenas de familias igua¬les. Los Damianos, griegos ortodoxos. Los Katz, judíos alemanes, los Chichesky, judíos polacos, los Castellano, sefarditas, a los que todos llamábamos rusos. Los Neme, sirio libaneses, que se transformaban en turcos en el decir popular. Los Braga, portugueses, uno de cuyos hijos -para "deshonra" en el barrio- era vigilante. La familia de Luis, de origen serbio y apellido impronunciable. Los Bisso, los Nápoli, los Seaburri, los Priori, los Lampugnani, conformaban una nutrida delegación de italianos de todas las Italias. Los Caneda, los Meana, los Menéndez, los Castro, los Agüera, los Valenzuela, los Rodríguez, los Miró, eran los "gallegos" que ya acompañaban la lucha de los republicanos en su lejana, pero siempre presente, España.
Siendo tan distintos en orígenes, idiomas, religiones, costumbres, comidas y en tantas otras cosas, estábamos unidos por esa amalga¬ma que segregaba "el barrio", que para nosotros los chicos, eran simplemente las dos veredas de una misma cuadra.
Éramos distintos pero no lo notábamos. Todos íbamos a la misma escuela con el guardapolvo blanco y las escarapelas grandotas para las fiestas patrias. Todos gastábamos las calles jugando con una pelota de trapo. Todos teníamos unos viejos que trabajaban de sol a sol para mantener la familia y de noche soñaban, en la poblada pieza que los cobijaba, con que sus .hijos pudieran estudiar y "ser alguien" en ese nuevo país que los había recibido.
Era una amalgama de acentos distintos que intentaba hablar el mismo idioma. De canciones diversas con las que muchos acompañaban sus trabajos manuales. De rezos distintos, dichos en soledad y silencio.
De pronto, cerca del fin de año que ordenaba el calendario oficial, aparecían las navidades. Unas navidades que para muchos nada representaban para su fe o costumbres. Eran unas navidades que no venían precedidas de villancicos, ni de ofertas especiales de consumo. No había posibilidades, ni costumbre, de regalos, ni papeles con estrellitas. No se armaban árboles de navidad con lucecitas ni globos de colores brillantes. Las amarillas lamparitas de 40 apenas iluminaban con avaricia las piezas y los patios por la noche.
La navidad llegaba al barrio, porque sí, como otros tantos acontecimientos.
Eran fechas en las que las familias italianas y españolas intentaban festejarlo, con sucedáneos, como en sus países de origen. De los exiguos presupuestos manejados por las madres, más precisos que los que hoy dibujan con ordenador los ministros de economía, surgían algunas veces las tabletas de turrones de maní, las nueces que se cascaban con el sifón, castañas que eran baratas, quizás unas pocas sofisticadas avellanas o almendras y el infaltable pan dulce de la panadería de la esquina que se podía comprar en dos versiones: la petisa y panzona " a la genovesa" y la alta y refinada del pan dulce milanés. Todo esto acompañado, sin excesos, por unas copas de sidra que por entonces era española, o el popular vino con sifón.
Algunas familias iban a la iglesia. Otras ya estaban desencantadas de la mansedumbre de los curas ante las injusticias de los pobres de allí y de aquí. Hasta había "anarquistas", en el decir de los bienpensantes comerciantes de la cuadra, que ya tenían miedo de perder lo poco conseguido, al referirse a algunos obreros que hablaban de huelga e intentaban defender sus derechos pisoteados por los prepotentes de siempre.
A esta fiesta religiosa católica, se adherían, no como fieles, sino "como para festejar algo", " para no parecer distintos" o simplemente "porque había tan pocas oportunidades de estar contentos", la casi totalidad de las familias del barrio.
Era una muestra de convivencia, de sentirse rodeados de personas queridas con las que convivían a diario. Familias con las que compartían las veredas en esas noches de calor, mientras la charla se refrescaba con las pantallas de cartón, y los hombres hablaban del trabajo, siempre mal pagado, y las mujeres de cómo crecían los chicos y rompían la ropa y los zapatos.
En la navidad que comencé a recordar al escribir estas líneas, mi hermano menor y yo cantábamos : "Esta noche es noche buena y mañana navidad.. comeremos el pan dulce que nos traerá papá...", ante la preocupación de mi vieja a la que, por huelga en la fábrica en la que trabajan algunos de mis hermanos mayores, no alcanzaba el presupuesto.
De pronto, cerca ya de la noche, apareció mi padre con una canasta de mimbre al hombro llena de esas cosas ricas que se comen en esos días. Mi madre lo miró intrigada. Don Servando mi padre, fuera de su trabajo normal, había colaborado varios días en una lujosa fiambrería del centro de la ciudad, para que le pagaran en especies para nosotros.
De pronto la casa se hizo más grande y junto a mis seis hermanos, nos apretujamos con los chicos Chichesky, los Braga, los Katz, los Nemes, los Agüera, para festejar, con lo que había, lo que para nosotros era una fiesta atea, sin otras imágenes ni rezos que los de la solidaridad.
Mi viejo cargado con su canasta de mimbre fue el primer Papá Noel, y el único auténtico, que conocí en mi vida.
Osvaldo Parrondo
