Cuando yo era pibe, los barrios no estaban delimitados por avenidas, ni tenían como ahora escudos nobiliarios. Los barrios se circunscribían a dos cuadras, de la misma calle, que convivían frente a frente. Los chicos, me refiero a los futuros hombres, tenían sus reglas de juego inviolables. Las chicas, más femeninas, tenían otros más acordes con su idiosincrasia. Hoy trataré de evocar a una niñez callejera, en que las madres de cualquiera de los chicos operaban en el cuidado de los pibes de su cuadra, como madres colectivas. No se si recordarán, o conocerán por relatos de sus mayores, que los juegos llegaban a los barrios “por tiempos”. Era el tiempo de los barriletes, el tiempo del ainienti, el de las bolitas, el de la payana, el balero, el hoyo pelota, el rango…Tiempos que se sucedían cronológicamente y que aparecían en el barrio sin saber porqué, pero siempre dominados por el omnipresente fútbol.
Y en nuestra inocencia, porque todavía había en aquellas épocas chicos inocentes, nos parecían juegos inventados por nosotros, sin pensar que en cada uno de ellos, estábamos jugando con la historia.
Con la ayuda de la memoria, la Wikipedia Y algunas publicaciones que fuimos recogiendo ¿ porqué negarlo? intentaremos pasar revista a esta serie de entretiempos que nos mantenían en la calle - en un ejercicio de convivencia que facilitó ese ejemplo e integración que fue nuestro país hace muchos años - hasta que nuestras viejas nos llamaran,
Todo empieza, en nuestro recuerdo, con el tiempo de las bolitas. “Si bien no se conoce el verdadero origen de las canicas, como se las llama en otros países, su origen aparentemente se remonta hasta el Antiguo Egipto y la Roma Precristiana. En efecto, se han encontrado canicas presentes en la tumba de un niño egipcio de alrededor del año 3000 a.C. En Creta, por su parte, los niños jugaban con canicas construidas a partir de materiales preciosos. En la Antigua Roma era un juego infantil cuya popularidad se extendió hasta la Edad Media. “¿Cómo llegó a nuestro país? Posiblemente “encerrado en la panza de un buque” como dice el tango.
Con la cercanía del otoño había que pensar en barriletes que “nacieron en la antigua China. Se sabe que alrededor del año 1200 a. C. se utilizaban como dispositivo de señalización militar. Los movimientos y los colores de las cometas constituían mensajes que se comunicaban en la distancia entre destacamentos militares.”
En el barrio éramos más sencillos. Un par de cañas cortadas en el campito, unas hojas de papel barrilete, y hasta de diario, un ovillo de hilo, engrudo, retazos de vestidos viejos, para la cola, y la habilidad de algún padre o hermano mayor los transformaban en “la sonrisa del cielo”. En Europa en el siglo XII los niños ya jugaban con cometas a las que añadían cuerdas para hacerlas sonar. Es de destacar la labor desempeñada por las cometas como equipos de medición atmosférica. El político e inventor estadounidense Benjamin Franklin utilizó una cometa para investigar los rayos e inventar el pararrayos. Hoy en día, la cometa mantiene su popularidad entre niños de todas las culturas. Eran tan importantes que hasta los pensadores los desmenuzaban en sus pensamientos: "A los hombres fuertes les pasa lo que a los barriletes; se elevan cuando es mayor el viento que se opone a su ascenso". Decía José Ingenieros y Eladia Blázquez se lamentaba que al suyo “acaso le faltó piolín”.
Rápidamente, el barrilete se extendió por todo el sudeste asiático. Ya cerca del siglo XVI, llegó a Europa por tres vías: las invasiones mongolas, las rutas comerciales por el Cabo de Buena Esperanza y los contactos con el mundo árabe. Para salvatajes marítimos; para pescar; para elevar instrumentos y hacer observaciones meteorológicas; para realizar fotografías aéreas; para fines militares y de comunicaciones, los barriletes tuvieron múltiples aplicaciones en la vida de los hombres, pero su principal característica ha sido siempre la de bello objeto de entretenimiento.
El hoyo pelota: “¿Te acordás en esas tardes templadas de abril cuando en las esquinas del barrio nos juntábamos a jugar al “Hoyo-Pelota?”. Como para olvidarlo... Seguramente los lectores de la generación intermedia recuerdan con nostalgia aquellos momentos en que la destreza, la picardía y la velocidad eran fundamentales para zafar del “paredón” de “fusilamiento” a que era sometido el más remolón. Cabe aclarar que los mayores de entonces lo definían como un juego violento, pero... esa violencia lejos estaba de las imágenes de muerte que nos transmite a diario la TV basura. ¿En qué consistía el juego? Eran necesarios varios participantes y una pelota de trapo. Se hacía un hoyo en la calle, necesariamente de tierra, lo más natural en los años ’60, alrededor del que se colocaban los participantes, generalmente a unos 5 o 6 metros de distancia. Cada uno hacía rodar la pelota hacia el hoyo tratando de embocarla. El que lograba el objetivo, tenía el derecho de sacarla mientras el resto corría a ponerse a salvo del “pelotazo” que arrojaba el ganador. Quien recibía “la marca” de la pelota acumulaba una prenda en contra y a la suma de 3, debía resignarse al “paredón” (cualquier tapial del barrio), contra el que era “fusilado” por todos los participantes del juego. Pero la “víctima” del “fusilamiento” tenía una posibilidad de salvarse, esquivando la mayor cantidad de golpes posibles. El “Hoyo Pelota” fue uno de los tradicionales juegos de los niños de la década del ’60, que antes del invierno se reunían a jugarlo en las esquinas de cualquier barrio de la ciudad.
El ainenti : También conocido con el nombre de payana, payanca o payaya es un juego infantil que se practica con cinco piedras pequeñas u objetos similares, que consiste en ir tomándolas del suelo al tiempo que se arroja una de ellas al aire y se vuelve a tomar sin que caiga al piso. En este juego se debe equilibrar cierta cantidad de piedras en la palma extendida de la mano. La idea es lanzar las piedrecillas verticalmente con la palma al cielo extendida en posición horizontal y, mientras dura su trayectoria, invertir la orientación de la palma para recibirlas. El juego va aumentando su dificultad como lo es desde tirar las 5 piedras al suelo, seleccionar una, tirarla hacia arriba y cuando va en el aire tomar una piedra del suelo y recibir la que viene cayendo del aire, para luego en otra etapa tirar una piedra al aire y recoger dos o tres del suelo. Tiene muchas etapas o pruebas que cada vez se van complicando, es muy entretenido para chicos y grandes. Originalmente llamado "kapichua", lo practicaban niños tobas y wichís con carozos o semillas a fin de desarrollar destrezas manuales y aprender a contar. Para avanzar en grados de complejidad, utilizaban progresivamente semillas más pequeñas.
El rango y mida Este era un juego utilizado por los chicos de las décadas del ´50 y ´60, mientras “hacían los mandados”. Su práctica es sencilla y sólo demanda destreza para el salto y el cálculo del lugar donde los participantes deben caer. No es demasiado lo que se sabe sobre el origen de este juego, aunque según se desprende de su nombre, su origen sería europeo y por algunas épocas utilizado en entrenamientos de prácticas deportivas o militares. Lo podían jugar dos o más chicos. Cuantos más fueran, más divertido se convertía y rara vez tenía ganadores. Más bien era utilizado como distracción y por lo general, cuando las madres les pedían que les hicieran los mandados. Obviamente el juego se practicaba en el viaje de ida “al almacén”, porque el regreso, cargado con una bolsa con huevos u otras mercaderías, podría significar la rotura de la carga. Los jugadores se ponían uno delante de otro, separados por una distancia de aproximadamente dos a tres metros, espacio suficiente como para tomar carrera. El primero doblaba su cintura hacia delante sin flexionar las rodillas y el segundo tomaba carrera y apoyando sus manos en la espalda de su compañero, lo saltaba por encima. Así los viajes eran mucho más entretenidos.
Nadie estaba librado de sufrir una caída sin más consecuencia que un revolcón, porque las calles de los barrios eran de arena, por lo que no significaban un riesgo mayor.
La práctica activa de este juego, mantenía el buen estado atlético de los niños, a diferencia de los de hoy en día que pasan la mayor parte de sus horas frente al monitor de una computadora o la pantalla de un televisor.
La pelota: La pelota de cuero la inventaron los chinos en el siglo IV antes de Cristo. Los chinos rellenaban estas pelotas con cerdas. Esto surgió, cuando uno de los cinco grandes gobernantes de China en la antigüedad, Fu-Hi, apasionado inventor, apelmazó varias raíces duras hasta formar una masa esférica a la que recubrió con pedazos de cuero crudo. Acababa de inventar la pelota. Lo primero que se hizo con ella fue sencillamente jugar a pasarla de mano en mano. No la utilizaron en campeonatos. Las culturas mesoamericanas fueron las primeras en usar las pelotas que rebotan, pues ellos inventaron las pelotas de caucho y látex. En la antigüedad en Egipto, Grecia, Roma, China, Japón y Mesoamérica se jugaban juegos de pelota.
Claro que las pelotas de nuestro barrio las fabricábamos con una media vieja de nuestras madres, rellena, pero bien rellena con papel de diario. No rebotaban, pero quién se iba a fijar en eso. Para jugar un partido, se sumaban los chicos del barrio, la mitad para cad aequipo, aunque algunas veces ante la diferencia de edades o capacidades, se permitía que en un equipo hubiera más chicos que en el otro. Los más malos o más gordos jugaban de arqueros en el espacio señalado por cuatro piedras. Dicen que lo trajeron al país los ingleses, y debe ser cierto porque antes de comenzar cada partido, el “capitan” de un equipo decía: “Aurrieli” a lo que respondía el cacique del otro: “Die” . No sabíamos que quería decir, pero nos parecía poco serio empezar el partido sin este ceremonial. u Entonces había potreros, chicos con tiempo y las ganas de jugar como grandes a un juego que nos marcó desde chicos.
La biyarda: Era un juego que se jugaba con dos palos de escoba, uno de algo menos de un metro de longitud y otro pequeño, de una cuarta. Al primero se le hacía un ángulo en la punta para facilitar el primer golpe y al pequeño se le sacaba punta en los extremos.
Se marcaba en la tierra un círculo de un metro de radio que era la "base". Desde allí se lanzaba la biyarda y allí había que volver a meterla. Para ver quién empezaba se echaba a suertes. El primero avisaba - ¿Vale? - Dale y luego, golpeando con el palo la billarda en la punta chanfleada, la hacía saltar girando en el aire y le pegaba con todas tus fuerzas para alejarla lo más posible de la base, mientras que los demás, colocados estratégicamente, intentaban detenerla. El que la detenía debía intentar, desde ese sitio, meterla en el circulo mientras el tirador se esforzaba en rechazarla con el palo. Si no lo conseguía y la biyarda quedaba fuera de la base, casi siempre , el tirador, que no debía tocarla con la mano, podía volver a golpearla hasta tres veces, como al principio, para alejarla. Si consideraba que ya la había enviado lo suficientemente lejos, podía "perdonar”.
El que lograba meter la biyarda en la base, ocupaba el lugar del tirador. Así hasta que se hacía de noche o llovía.
Los cristales de ventanas de las casas corrían grave peligro, (Y menos mal que casi no había coches) por eso preferíamos jugar en los sitios abiertos, en los potreritos, en la tierra. Aunque sus orígenes se consideran gallegos, hay quienes creen que este humilde juego de pibes pobres, sea el antepasado del beisbol.
Final: No podemos afirmar que todas estas referencias sean ciertas, pero… quién nos va sacar el placer de haberlas jugado, con mayor o menor destreza, en esas tarde largas de los barrios suburbanos. Jugos sencillos, con o sin Historia con mayúscula, pero que pertenecen a nuestra pequeña historia. De lo que estamos seguros es que pasamos muchas horas gratas en los “distintos tiempos” de nuestra lejana niñez.
NOTA: Estos recuerdos fueron ampliados con los estudios y comentarios de otros que quizás también lo hubieran jugado.
Osvaldo Parrondo
